lunes, 22 de abril de 2013

Capítulo 9.

De repente Susan estaba impaciente por que nos fuésemos. Quedaba todavía media hora para el encuentro y no se tardaba más de cinco minutos en llegar al Beerland desde mi casa, pero ella alegaba que "la impuntualidad no era cosa de señoritas respetables". Intenté imaginar cuando se habría inventado una cosa así, teniendo en cuenta que desde que la conocía jamás había llegado puntual a ningún sitio. Ni siquiera a mi casa, que estaba justo al lado.
Susan estuvo tan insistente que acabamos por llegar veinticinco minutos antes que Jim y Wade.
-¿Qué es lo que pasa?-la pregunté una vez estuvimos sentadas en la barra. Ella pidió una cerveza con un DNI falso que se había hecho recientemente.
-Me pongo nerviosa cuando estoy con Jim-me confesó con un tic nervioso en la pierna.-Necesito ponerme un poco a tono antes de que venga para poder desinhibirme. 
-Vamos, Susan...-intenté tranquilizarla apoyando mi mano en su hombro.-Sabes que a Jim le gustas, no necesitas beber para estar con él. Está loco por ti tal y como eres, desde que éramos pequeños. Además, un poco de timidez siempre añade cierto encanto a las situaciones.
-Supongo que tienes algo de razón-admitió dándole otro trago a la cerveza.
-Entonces, ¿por qué sigues bebiendo?
-Ya la he pagado, no la voy a tirar-me dijo como si estuviese loca.
En ese momento Jim y Wade aparecieron por la puerta y vinieron hacia nosotras con una deslumbrante sonrisa en el rostro.
-Estás preciosa, Ariel-me dijo Wade mirando hacia el suelo con el peso de la vergüenza en su nuca.
Embustero. Notaba mi pelo enredado y encrespado después de haberlo dejado secar por el aire sureño, y el cuello lleno de un sudor evidentemente visible. Si me llamaba preciosa o bien era porque no me había mirado en absoluto, o bien porque no conocía el significado de aquel término.
-Gracias, Wade.
-¡Ariel!-gritó Jim levantándome del suelo en un abrazo.-¿Cuándo has decidido hacerte rastas?-me preguntó alborotándome el pelo a grandes carcajadas. Debía estar peor de lo que imaginaba.
-Eres un payaso, Jim. Deberías estar en el circo-le repliqué.
-Lo intenté, pero no cabía en ninguna jaula-contestó él a su vez.
Jim jugaba en el equipo de fútbol del instituto desde los catorce años. Fue el jugador más joven de todos los tiempos del instituto y también uno de los mejores. Tenía la espalda más grande de todo el pueblo y muchas veces bromeábamos sobre ello, diciendo que bajo su sombra hasta cinco familias podrían celebrar un picnic. Él también bromeaba porque sabía perfectamente que por esa espalda era uno de los jóvenes más cotizados.
-¿Qué habéis estado haciendo estos días, chicas?-preguntó Wade apoyándose en la barra.
-Yo nada interesante, pero aquí nuestra amiga estuvo cenando con los Seltenright- dijo Susan guiñándome un ojo. Su respuesta les dejó callados y provocó que ambos me mirasen con sorpresa. Jim se encargó de romper el silencio después de un par de segundos con un largo silbido.
-Vaya, Ariel, menudo nivel. ¿Cómo has conseguido colarte en el Pentágono?
-Su perro me atacó y me invitaron a cenar- contesté brevemente. No sentía especial entusiasmo por contarle toda la historia ni a Jim ni a Wade.-¿Qué habéis hecho vosotros?
-Nosotros jugamos ayer un partido de fútbol contra los Leones del Sur. Fue emocionante, estuvo muy reñido, pero gracias a esta estrella salimos victoriosos-contó Tim agarrando a su amigo del hombro. Wade me miraba buscando una aprobación en mis ojos que le transmití en forma de sonrisa.-Y ahora, ¿quién quiere jugar al billar?
Susan se apuntó corriendo, pero yo rechacé la oferta de inmediato. Era tan mala jugadora que me daba lástima hacerles perder el tiempo conmigo.
Para mi sorpresa Wade también denegó la propuesta y se quedó sentado a mi lado en la barra. En un principio pensé que lo hacía para poder dejar a Jim y Susan solos, y me pareció muy generoso teniendo en cuenta lo competitivo que era y las ganas que tendría de jugar, pero en cuanto se giró hacia mí supe que había otro motivo. Ya era tarde para aceptar la invitación a jugar y tarde para salir corriendo. En el fondo sabía lo que quería decir, Susan se había encargado de lanzar las suficientes indirectas a su manera como para dejarme suficientemente claras sus intenciones. Pero llevaba demasiado tiempo negándomelo porque no quería que fuese verdad, no quería herirle y era justo a lo que él de estaba lanzando de cabeza.

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