lunes, 22 de abril de 2013

Capítulo 7.

-Adelante, señorita, los señores Seltenright la esperan en la sala de estar-me dijo una mujer alta y demasiado delgada con acento francés al abrirme la puerta. Me condujo seguidamente a través del salón que había visto el día anterior hasta una salita que, aunque era más pequeña que la otra habitación, seguía siendo más grande que mi cocina y mi salón juntos.
-Ariel, bienvenida de nuevo-me saludó la señora Seltenright en cuanto la doncella me hubo presentado. Le tendí el ramo de flores con timidez.- Oh, son preciosas... Marion, busca un jarrón y ponlas en el salón, por favor- le pidió a la doncella, para luego girarse de nuevo hacia mí.-Es un honor que haya aceptado la invitación. A Rose y a William ya les conoce, pero déjeme presentarle a mi marido, Harold.
-Encantada de conocerle, señor Seltenright- dije estrechándole una mano que, por vez primera desde que había reparado en él, no esgrimía un caro reloj.
-Hola, Ariel-me saludó Rose con timidez, invitándome a sentarme junto a ella en un precioso sofá blanco con detalles en oro.
-Un placer volver a verte-me dijo William con una sonrisa que intuía burlona.
Yo asentía con una sonrisa a un lado y a otro, abrumada por la elegancia y el encanto que desprendía la sala. Como había supuesto todos vestían elegantes ropas raramente visibles por el pueblo. Los hombres llevaban traje y las mujeres caros vestidos de seda y gasa. El vestido de Rose era especialmente bonito, de un azul pálido que caía en distintas capas hasta las rodillas, resaltaba su rubio cabello y sus ojos haciéndola parecer un angelito.
Y William... William sencillamente quitaba el aire con su elegancia. Llevaba el traje como quien lleva unos vaqueros, acostumbrado a la elegancia que supone pertenecer a una clase superior.
Un comentario de Adele me hizo darme cuenta de que no era la única que repasaba los atuendos.
-Llevas un vestido precioso, Ariel. 
-Gracias, señora Seltenright.
Ay, si supiese lo que me había costado ganarme ese cumplido...
-La cena está lista, pueden pasar al comedor cuando les parezca oportuno-anunció Marion antes de retirarse.
La mesa estaba dispuesta para que me sentase al lado de Rose y enfrente de William, con el señor Seltenright al otro lado presidiendo la mesa.
-He oído que le tiene miedo a los perros, Ariel-me dijo el señor Seltenright cuando nos acabaron de servir las verduras como primer plato.
Noté como mis mejillas enrojecían mientras el ambiente vibraba con la risa de William.
-B-bueno-tartamudeé-, solamente a los perros grandes.
-¿A qué se debe esa fobia?- continuó preguntándome William.
-Cuando era niña uno de mis vecinos tenía un Gran Danés. Era un perro muy manso al que mi vecino tenía especial cariño. Yo adoraba acariciarle y darle de comer a escondidas, pero un día dejé de hacerle caso sin darme cuenta, por razones que no recuerdo, quizá los estudios. También sin darme cuenta lo había mimado demasiado y convertido en un perro peor que un niño caprichoso. Una vez que pasé a su lado reclamó mi atención mordiéndome el brazo. Tenía sólo 12 años y me asusté. Desde entonces no me acerco nunca a perros grandes.
-Por suerte Ariel adora los caballos tanto como nosotros-anunció Rose con una sonrisa.
-Entonces tienes que venir un día a montar a caballo. ¿Tienes experiencia montando?-me preguntó el señor Seltenright con amabilidad.
Mientras charlábamos el primer plato fue retirado y el segundo servido: carne con patatas bañados en una salsa que no supe identificar.
-Solía tomar clases hace unos años.
-Puede llevar a Hooly, es manso y fácil de manejar, William se encargó de él-sugirió Rose.
-Sí, Hooly sería perfecto-admitió su hermano.
Seguimos cenando en silencio hasta que la señora Seltenright me preguntó:
-Díganos, Ariel, ¿qué quiere estudiar?
Toda la familia Seltenright me miró expectante, como si la respuesta fuese decisiva para el futuro del planeta.
-Me gustaría ser abogado, como mi madre-contesté bajando la voz, esperando que mi respuesta les dejase satisfechos. Pareció surtir efecto, porque todos volvieron a concentrarse en sus platos, excepto la señora Seltenright, que me sonrió con gran satisfacción y decidió continuar la conversación.
-Ese es un gran trabajo, desde luego. Mi padre también era abogado y quería que me casase con uno. Sin embargo encontré a Harold-dijo fingiendo decepción. Se miraban con gran cariño, nada de la frialdad que pensaba que desprenderían.
-Y saliste ganando-replicó el señor Seltenright.
-¿Cómo se conocieron?-pregunté ganando confianza.
-Yo estaba estudiando medicina en Yale y él estudiaba negocios en Harvard. En un partido de fútbol entre nuestras universidades se metió en una pelea con un amigo mío sobre si una jugada iba contra las normas (imagínese, ¡una tontería!). Iban a acabar en los puños y me vi obligada a meterme en medio.
-Una intervención innecesaria teniendo en cuenta que no habría tardado ni dos minutos en dejarle por el suelo-añadió el señor Seltenright.
-No seas fanfarrón, querido, te doblaba en tamaño-le dijo la señora Seltenright provocando la risa de sus hijos.-El caso es que de alguna manera él se las ingenió para salirse con la suya. Me dijo que aceptaría incluso darle la razón a mi amigo si le concedía una cita al día siguiente. Y ese fue el inicio de decenas de citas.
Rose soltó un suspiro romántico al escuchar la estrategia de su padre.
-Es una gran historia-dije yo con las mejillas encendidas. Era tan bonito que parecía sacado de una película antigua.
El postre fue anunciado, una copa de helado de chocolate que nos vimos todos obligados a rehusar por la ingente cantidad de comida ingerida.
La velada duró tan solo una hora más que pasamos en el salón. Después de dar las gracias y marchar con la promesa de que iría el fin de semana con ellos a montar a caballo me retiré a mi casa con el recuerdo imborrable de una noche que parecía sacada de un sueño.

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