lunes, 22 de abril de 2013

Capítulo 8.

-¿Cómo fue la cena?-me preguntó mi padre en el desayuno.
-Increíble, papá, los Seltenright son verdaderamente un encanto. Les adorarías, estoy segura.
Mi padre gruñó, poniendo en duda mis palabras. Preparé un par de zumos de naranja para ambos, además de tostadas con miel para mí y con mantequilla para él. Cuando acabó su desayuno se fue a casa de su buen amigo Billy a charlar con él hasta la hora de la comida. Probablemente irían a alguna cafetería a jugar al billar, así que disponía de bastante tiempo para mí.
Billy era el mejor amigo de mi padre desde el instituto. Habían vivido prácticamente las mismas experiencias y para mí Billy era como un tío, parte de todas las reuniones familiares. Además, esa amistad hizo que también la esposa de Billy y mi madre desarrollasen gran afecto la una por la otra, llegando a convertirse en casi hermanas. Por desgracia esa amistad se vio truncada hacía ya diez años, con el accidente de coche de mi madre. Desde entonces, Mary Rose se nombró a sí misma responsable de mí, alegando que necesitaba una figura materna a la que confesarle todas esas cosas "a las que los hombre son insensibles". Desde entonces, una vez cada dos semanas comíamos todos juntos y ella y yo pasábamos una hora a solas en la que yo le contaba todas mis inseguridades. Para mí Mary Rose era una confidente de gran valor por su experiencia y sus años, gracias a los cuales me daba consejos impensables en alguien de mi edad. Además, nunca me juzgaba cuando confesaba actos de los que me arrepentía, aunque eso se debía sobre todo a que después del instituto hizo un curso de psicología y sabía escuchar a las mil maravillas.
Recogí el desayuno y fregué los platos mientras pensaba en la larga ducha de agua fría que me iba a dar para aliviar el calor de aquel día sofocante.

La Grange era un pueblo caluroso, pocas veces nevaba en invierno y los veranos eran casi insoportables, con temperaturas de hasta 40 grados. A mi padre le encantaba quejarse desde el sofá del asfixiante calor, chillar irritado que éramos el horno de América. Entonces yo le decía que no debería quejarse tanto e instalar aire acondicionado en la casa; aunque ya sabía lo que me contestaría "tonterías... Toda mi vida he soportado el calor sin aire acondicionado, tú también puedes". Era una conversación que teníamos casi cada domingo del verano y que jamás concluyó en un "tienes razón, hija".
Me senté frente al ventilador con el que me había tenido que contentar y me levanté el pelo para que refrescase mi cuello, perlado por el sudor. ¿Tendrían los Seltenright aire acondicionado? Sí, seguro que sí. No podía imaginarme a la perfecta Adele con una gota de sudor en la frente, ni al civilizado Harold quejarse del calor.
-¡Ariel!¡Ariel!-gritó una voz familiar mientras golpeaba la puerta, interrumpiendo el curso de mi desbocada imaginación.
Corrí a abrir la puerta, pensando por la insistencia que era una urgencia.
-Pensaba que no ibas a abrir nunca-me dijo Susan cuando abrí la puerta autoinvitándose a entrar y repantingándose en el sofá de cara al ventilador.- Hemos quedado en el Beerland en una hora con Jim y Wade. Vamos, ¡arréglate!- me metió prisa al ver que me quedaba parada.
Yo subí corriendo a darme mi esperada ducha. Sin embargo fue mucho más breve de lo que hubiera deseado, porque no estaba segura de que al dejar a Susan sola por mi casa no fuese a saquear mi nevera y huir con el ventilador. Me puse un vestido blanco de algodón ajustado en la cintura y dejé mi cabello suelto para que se secase con naturalidad.
Cuando bajé Susan me observaba con una mirada extraña, como si me hubiese descubierto haciendo algo digno de sanción y estuviese muy orgullosa.
-¿Qué?¿Qué sucede?
-¿Es que no vas a contarme nunca como fue la cena con los Seltenright?¿Voy a tener que suplicarte para que me cuentes con todo detalle cómo iba William Seltenright? Estaría guapísimo, seguro.
Me tiré en el sofá a su lado, complacida por su pregunta. Estaba deseando contárselo todo.
-Fui vestida con el vestido que llevé el año pasado al baile de fin de curso, ese con pedrería. Imagínate, yo con el vestido más elegante que tengo y ellos con sus vestimentas de diario que lo superaban de lejos... Sí, William estaba guapísimo con su traje, pero eso no es en absoluto una novedad, ¿verdad? Estuvimos hablando toda la cena. Se interesaban por mi vida, incluso me contaron una anécdota de la suya: cómo Adele y Harold se conocieron. Fue muy romántico, ¿sabes? Como una película antigua. Al escucharles me pregunté si yo alguna vez viviré una historia como la suya.
-Bueno, según he oído tienes la ocasión de vivir una historia como la suya con Wade...-me dijo Susan dándome un suave codazo.
Me quedé pensando un momento, pensando en esa alternativa. ¿Salir con Wade Melbin?
-No, no sería así. No es la clase de historia que busco.

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