martes, 23 de abril de 2013

Capítulo 10.

Conocía a Wade desde que tenía diez años y me había tirado del pelo en medio de la iglesia. Recordaba que le oía reír mientras me tiraba de la coleta y que yo me quedaba callada porque era consciente del lugar en el que me encontraba. Sin embargo, la espera y el silencio tuvieron su recompensa porque a la salida de la misa le esperé en la puerta y le puse la zancadilla en cuanto se despistó, haciéndole caer de bruces. A partir de ahí, irónicamente, comenzó nuestra amistad. Me había ganado el respeto del pequeño Wade y eso significaba que éramos amigos, cómplices en nuestros juegos. Su mejor amigo era Jim y la mía Susan, así que pronto formamos una alianza que parecía inquebrantable.
De pronto mi mente me hizo saltar unos años en el tiempo, a un día que marcó, sin nosotros saberlo, el inicio de algo nuevo, que nos introdujo una idea en la cabeza que podría acabar con nuestra alianza.
Se trataba de la vez que fuimos al autocine a ver "Cuando Harry encontró a Sally". Susan nos arrastró porque adoraba las películas de Meg Ryan. A partir de esa película se inició un gran debate entre nosotros sobre si era cierto aquello de que un chico y una chica no podían ser amigos.
-¡Eso es absurdo!-decía yo.-¿Qué somos nosotros entonces?
Nos miramos unos a otro incómodos. ¿Podía ser que alguno se hubiese enamorado alguna vez de otro? El tema no volvió a salir, pero recuerdo que Jim y Wade sostenían que los chicos y las chicas no podían ser amigos.
-Ya veréis, alguno se enamorará...-avisaban.
Recordé ese momento mientras estaba ahí sentada, con Wade mirándome a los ojos. Últimamente habíamos estado muy distantes y ambos sabíamos a qué se debía.
-Ariel...-comenzó.-Sé que somos amigos desde hace años y sabes que lo último que querría es estropear esa amistad...
-Pero lo vas a hacer-repliqué sin poder contenerme, mirando sus casi suplicantes ojos marrones.
-B-bueno, no tendría porqué dañar nuestra amistad-tartamudeó avergonzado. Yo le agarré las manos con cariño.
-Wade, eres un chico encantador, pero sabes que yo no te veo de esa manera. Y ojalá te viese así, de verdad te lo digo, pero como tú dices llevamos siendo amigos demasiado tiempo como para que yo te vea como algo más. Te mereces una chica que te quiera, Wade. Te mereces ser feliz. Te mereces vivir una historia de verdad, conocer chicas fuera de este pueblo y enamorarte de alguien que te quiera en igual medida.
Lo dije desde mi alma, intentando transmitirle todo el cariño que sentía por él y la tristeza porque no fuese algo más, pero Wade tan sólo escuchó mis palabras y su mente las resumió en un rechazo. Se quedó abatido durante unos segundos en su asiento mirando al suelo, antes de disculparse y marcharse a su casa.
Conocía a Wade y sabía que no insistiría. Era una buena persona, intentaría que las cosas fuesen lo más normales posibles aunque le costase obviar la incomodidad que se había interpuesto entre nosotros.
Miré hacia la mesa de billar y pude comprobar que por lo menos la fiesta no se había arruinado del todo. Jim tenía acorralada a Susan contra la mesa y la estaba besando. Una parte de mí se llenó de alegría al ver que por fin había un final feliz para ellos. Más tarde me entristecí al pensar en como se sentiría Wade al ver que era el único que había fracasado, que mientras él tenía que superar un rechazo su mejor amigo era feliz.
Por suerte Wade no era una persona egoísta, así que se alegraría por ellos sin ninguna envidia o rencor. Suspiré, deseando que se pudiese elegir de quién nos enamoramos.
Miré el reloj de encima de la barra: la una y cuarto. Era hora de volver a casa para comer. Hoy era mi padre el que cocinaba y tenía que vigilarle para que no encargase comida demasiado grasienta.
El camino a casa fue uno de los peores caminos que jamás tuve que recorrer. No entendía esa costumbre de ponerme a pensar mientras caminaba. Y así, caminando, comenzaron a asaltarme los mismos pensamientos del bar como si de bombas se tratasen. Wade intentaría que las cosas fueran como de costumbre pero, ¿y si no lo volvían a ser? Iba a perder a un gran amigo sólo porque se había sentido atraído hacia la persona equivocada. Pensaba en lo mal que se sentiría y en mi impotencia por hacerle sentir mejor. Y era el pensamiento de su infelicidad lo que me obligó a pararme entre calambres interiores. No pude evitar que una lágrima resbalase por mi mejilla.la segunda fue incluso más amarga al pensar que era yo la que le producía esa infelicidad y la que además lloraba por ello. Me sentía como una imbécil egocéntrica.
Me sequé las lágrimas con decisión y caminé hacia mi casa con una piedra en el estómago. De repente deseaba que mi padre hubiese encargado la comida más grasienta del mundo para poder llorar con algo más de razón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario