lunes, 22 de abril de 2013

Capítulo 4.

La casa era incluso más bonita por dentro. Los grandes ventanales dejaban entrar toda la luz natural posible,  que rebotaba en el mármol blanco y hacía que la sala resplandeciese. Los muebles parecían hechos de hielo y porcelana, acariciados de vez en cuando por las cortinas empujadas por el aire que se colaba por las ventanas.
Solté un silbido de admiración nada elegante del que rápidamente me arrepentí al oír una aguda voz que me dijo:
-Me alegro de que le guste, la decoré yo misma.
Me giré para encontrarme de frente a la señora Seltenright que me miraba con esos ojos que empezaba a temer.
-Pues tiene usted un gusto excelente, señora-la voz comenzó a temblarme y tuve que cerrar la boca.
Su gesto se relajó y un asomo de sonrisa se abrió paso en su rostro al mirarme de arriba a bajo. ¿Significaría eso que tenía su aprobación? Eso esperaba. Eso, y que no se hubiese dado cuenta de como me temblaban las rodillas.
-Esta es Ariel Duston, la salvé cuando Boby la atacó-le explicó William a su madre, que levantó las cejas por la sorpresa.
-¿Boby la ha atacado?
William se echó a reír.
-Al parecer Ariel le tiene miedo a los perros.
Cuando los dos se giraron para mirarme yo compuse una sonrisa avergonzada. La señora Seltenright me miraba con cierto cariño, como si ahora yo fuese su nueva mascota.
-¿Por qué no le enseñas a Ariel nuestros establos? Seguramente Rose esté por ahí cepillando a su yegua. No estaría mal que conociese a alguien de su edad. Tienes 16 años, ¿no es cierto?
-Diecisiete en realidad.
-Eso está bien. Estoy segura de que os llevaréis estupendamente.- Sus ojos eran amables y eso me hizo realmente feliz. Pero de repente su cara adquirió seriedad cuando me miró fijamente.- No te darán miedo también los caballos, ¿no?
William volvió a reír por lo bajo mientras yo lo negaba con rapidez. Cuando acabó de burlarse de mí me condujo por detrás de la casa hasta unos preciosos establos de madera. En el tercero se encontraba una chica joven, con el pelo rubio recogido en una coleta perfecta, que le susurraba a un precioso caballo blanco  palabras que desde nuestra posición éramos incapaces de oír mientras le cepillaba el pelo.
-Rose-llamó William con suavidad. Ésta se giró, con la expresión de un cervatillo que se ha visto acorralado. Tardó un segundo en darse cuenta de que su hermano traía compañía y otro en sonrojarse al darse cuenta de que la habíamos visto hablar con su caballo.
-Esta es Ariel, Ariel Duston- me presentó William. Rose se quitó un guante y me tendió la mano con timidez. Yo se la estreché con una sonrisa de oreja a oreja, esperando que aquello la diese confianza.
-Es un placer conocerte, Ariel- me dijo con educación, como si se tratara de una reunión diplomática y no de una posible nueva amistad.

Me dejé sorprender unos instantes por la humanidad y sencillez que desprendía la menor de los Seltenright. Era tan tímida e inocente como podría serlo cualquier otra chica del pueblo.  Pero en su aspecto, en sus palabras e incluso en su caminar se podía ver que pertenecía a un mundo totalmente distinto. Un mundo donde la vida no presenta problemas, donde uno puede ir a caballo si lo desea y donde obtiene lo que desea con un chasquear de los dedos. Un mundo donde ella era la realeza.
-Debo atender unos asuntos-anunció William.-Ariel, ha sido un placer haberla salvado de ese monstruo que es Boby... Y ahora si me disculpan, señoritas...-dijo inclinando la cabeza antes de marcharse.
-¿Boby te ha atacado?-me preguntó Rose abriendo mucho los ojos.
-No, no, es sólo que me dan un poco de miedo los perros grandes...-admití con cierta vergüenza. Rose, al ver que me descubría ante ella sin barreras, me mostró una gran sonrisa y empezó poco a poco a perder su timidez.
-Oh, no debes temer a Boby; es grande, pero está bien educado.
De esa manera empezamos una larga conversación sobre animales, a lo largo de la cual descubrí que el precioso caballo junto al que nos encontrábamos era en realidad una yegua llamada Lorain, a la que Rose incluso me dejó cepillar y alimentarla con un par de manzanas de mi cesta.
Estuvimos de ese modo, hablando y cepillando a la yegua hasta casi la hora de la cena, cuando Adele Seltenright llegó para avisar a su hija de que debía ducharse y cambiarse para la cena, que estaría lista hacia las siete.
Las acompañé hasta la casa, donde me despedí de ambas con un respetuoso apretón de manos. Comencé a caminar entre el pasillo de estatuas, pensando que la vida no podría ser más bella, cuando Adele me llamó y me di cuenta de que estaba equivocada, que podía ser incluso mejor.
-Ariel, querida, ¿te gustaría acompañarnos mañana en la cena? Sería un placer tenerte aquí mañana con nosotros.
-El placer sería sin duda mío, señora Seltenright- contesté desde lo más profundo de mi corazón.
-Entonces esperamos verla mañana a las siete.

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