-¡Por supuesto que no! Esta noche voy a cenar a su casa-la informé mientras parábamos en una floristería. Quería llevarle unas preciosas petunias a la señora Seltenright, para agradecerle su invitación. Las elegí blancas, pensando que concordarían con la casa.
-Estoy segura de que lo has soñado- contestó.
-Pues fue desde luego un sueño muy real.
La Grange tenía cierto encanto a aquellas horas de la mañana. Los restaurantes empezaban a preparar los menús de la comida y a recoger el desayuno de aquellos que habían parado a descansar en alguna terraza; los dependientes de los puestos de la calle estaban en su hora punta e invitaban a cualquiera que pasase por ahí a admirar las frutas, las verduras y los quesos que ofrecían. La plaza mayor, junto al ayuntamiento, estaba llena de vida, de gente que descansaba del incansable sol del verano, con mujeres reunidas en corros bajo la sombra de la fuente que hablaban con un peculiar, aunque en absoluto maligno, brillo en los ojos sobre los últimos rumores del pueblo; sus maridos, cerca pero a años luz de ellas, comentaban el partido de béisbol de la noche anterior, mientras sus hijos o nietos correteaban por la plaza entre gritos persiguiéndose los unos a los otros.
-Mira, Ariel, pronto serás su principal tema de conversación-me dijo Susan entre risas, refiriéndose al grupo de chismosas.
-Mira, Ariel, pronto serás su principal tema de conversación-me dijo Susan entre risas, refiriéndose al grupo de chismosas.
-Y tú pronto serás una de ellas-repliqué. La señora Whiteman, vecina nuestra, nos miró desde el grupo provocando que yo apartase la mirada.-No las mires directamente o vendrán a preguntarnos por algún otro cotilleo y no creo que pueda aguantar dos horas al sol oyéndolas hablar sobre la vida de nadie.
Caminamos rápido bajo el sol atravesando la plaza hasta llegar a nuestra calle. Susan y yo éramos vecinas, nos conocíamos desde los diez años, cuando se le coló una pelota roja en mi jardín y yo fui corriendo a devolvérsela. Ella me ofreció jugar con ella y desde entonces, todos los días después de las clases, nos reuníamos para jugar y más tarde sólo para hablar, hasta la hora de cenar. Era mi mejor amiga y la persona en la que más confiaba en el mundo.
-Suerte esta noche-me dijo Susan antes de meterse en su casa.
-La voy a necesitar-murmuré para mis adentros.
Abrí la puerta de casa, suponiendo que mi padre habría llegado hacía ya rato. Un grito desde el salón me lo confirmó.
-¡Hoy te toca preparar la comida!
Parecía incluso alegre de decirlo. Sin embargo, me encargué de quitarle esa alegría con mi grito de respuesta:
-¡Entonces tocan verduras!
Como supuse soltó un gruñido que me hizo reír.
Empecé a preparar unos guisantes y zanahorias y unos calabacines con queso. Para compensar también preparé una tarta con las manzanas del día anterior. Necesitaba tenerle contento si pensaba decirle dónde cenaba esa noche.
-Evitarás que muera de sobrepeso, pero conseguirás que lo haga de asco-dijo mi padre mientras se sentaba a la mesa con un mohín de desagrado y resignación.
-Esta noche puedes cenar hamburguesa- contesté sin pensar.
-¿"Puedes"?-Dejó los cubiertos en el plato para mirarme.-¿Dónde vas a cenar tú?
-Bueno, ayer me sucedió una cosa muy curiosa.-comencé a retorcer mechones de mi cabello instintivamente, comida por los nervios, mientras miraba mis verduras con atención. Me maldije por mi torpeza. Pensaba utilizar la comida para prepararme el discurso que le iba a soltar y aparecer seguidamente con el postre para ablandarle. Tendría que improvisar.-Sabes que me encanta ir a ese prado, el que está enfrente de la casa de los Seltenright.- Mi padre asentía cada vez que le miraba a los ojos, animándome a continuar.- Pues ayer, mientras estaba ahí apareció William Seltenright y me enseñó la casa. Ah, papá, es tan bonita... También hablé con Adele Seltenright y al final estuve hablando más de dos horas con Rose Seltenright.- Notaba como mis mejillas habían enrojecido por la emoción y mi tono se había elevado.- Adele Seltenright me ha invitado a cenar con ellos esta noche. Puedo ir, ¿verdad que puedo?-Mi tono había vuelto a bajar por miedo a una negativa.
Mi padre pareció pensarlo un minuto. Entendía su desconfianza, era la única familia del pueblo con la que jamás había cruzado una palabra, pero por otro lado sabía lo mucho que había deseado siempre conocerles.
-Sí, bueno, supongo que no hay ningún problema por que esta noche cene yo solo-acabó por decir.
Estaba tan feliz por obtener su permiso que salí corriendo para traerle la tarta de manzanas.
No podía esperar a la cena, a volver a caminar entre esas estatuas y volver a subir esas escaleras dignas de un cuento. Observé a mi padre comer la tarta mientras imaginaba un montón de escenas conmigo sentada a la mesa de los Seltenright como una más de ellos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario