Además, no quería encontrar a Wade, no quería ver cómo él, que tenía razones para derrumbarse, era capaz de sonreírme amablemente y sin rencor, mientras yo quedaba sumida en la culpa sin ninguna razón.
-¿Quieres que te traiga el zumo a la cama?-me ofreció mi padre después de que le dijese que sufría una jaqueca y pensaba pasar el día en la cama.
-No tengo hambre, ni sed. Gracias.
Se le veía un poco preocupado, debía estar preguntándose si debía llamar al médico o dejarme simplemente descansar.
Llevaba años sin estar mala, mi padre había perdido la costumbre de cuidar a una enferma y dudaba de si lo estaba haciendo bien.
-Es sólo una jaqueca, papá. Se me pasará, sólo necesito descansar.
Un poco más tranquilo salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Después de un rato de tortura mental decidí que lo mejor que podía hacer era no pensar en nada, así que saqué un manoseado libro de la estantería y me dispuse a leerlo por decimoquinta vez. Era Anna Karenina, mi libro favorito desde que mi padre me dijo que había sido el libro favorito de mi madre. Intentaba, a través de sus páginas, establecer una relación con ella, un punto en común que no necesitase de palabras.
Era un libro trágico, de gran complejidad. En un principio me costó entenderlo, pero no había nada que me gustase más que lo complicado. Me encantaba encontrar algo complejo y analizarlo, centrarme en ello durante horas, desmenuzarlo poco a poco, ir quitando una capa tras otra, hasta convertirlo en la cosa más sencilla.
Pasé más de siete horas inmersa en el libro, enajenada de todo, insensible al calor, a la humedad y al ruido de la televisión de mi padre. Me sumí por completo en el mundo de Anna, un mundo tan diferente del mío que resultaba irresistiblemente atrayente e infinitamente emocionante.
Sólo solté el libro en una ocasión para ir a abrir la puerta de mi cuarto. Alguien llevaba un rato llamando y sólo me decidí a abrir una vez que acabé la página que estaba leyendo.
-Ya me ha dicho tu padre que tenías dolor de cabeza, pero era necesario que escucharas esto-dijo Susan entrando a mi habitación como un torbellino en cuanto le di libre acceso. Se tumbó en mi cama con una sonrisa de felicidad pintada en el rostro.¿Cuándo había entrado en mi casa?.- Jim y yo estamos saliendo.
-Lo sé, os vi ayer. Me alegro de verdad.-Al abrazarla me di cuenta de que a pesar de todo estaba realmente feliz por ellos. Me tumbé a su lado para hablar. Era lo que solíamos hacer cuando se trataba de un tema especialmente complicado. Nos tumbábamos la una junto a la otra en mi cama y hablábamos mientras veíamos las nubes pasar por el ventanuco del techo de mi habitación. En esa posición nos tocábamos y transmitíamos cercanía y apoyo, pero no nos mirábamos la una a la otra. Era una manera fe dejar espacio y libertad para expresarse, transmitiendo a la vez la seguridad y confianza que sólo da una buena amiga.
-¿Qué hay de Wade y tú? Os marchasteis sin despediros.
Solté un débil gemido de dolor y comprendió al instante lo que había pasado.
-No hay dolor de cabeza, ¿verdad?
Negué con la cabeza. Qué bien me conocía.
-Entonces hoy mi misión va a ser distraerte. Nos vamos al pueblo. Esta noche.
Lo cierto era que no me apetecía en absoluto, pero si Susan se proponía algo lo mejor que se podía hacer era seguirla la corriente.
Saqueó mi armario buscando algo bonito y fiestero para salir, pero aquello no iba conmigo, así que acabó yendo a su casa a por una blusa negra de su madre y una falda ajustada igual. Yo no estaba cómoda con ese atuendo, pero Susan parecía tan feliz diciéndome lo guapa que estaba que me sentía incapaz de contradecirla. Me pregunté si podría en algún momento cambiar esas ropas por algún vestido holgado y de un color más alegre.
Acabamos a las nueve en un local desconocido para mí del pueblo con Jim y unos amigos suyos con los que solía jugar al fútbol. Ni rastro de Wade como Susan había prometido. Los amigos de Jim eran muy agradables, nos invitaron a copas y nos dieron conversación durante toda la noche. Jim y Susan de vez en cuando se aislaban y me tocaba a mí reír todas las gracias destinadas a animarme y contestarles como si de verdad desease estar ahí. Eran amables y extremadamente simpáticos, pero fui incapaz de sentirme a gusto con ellos a pesar de todos sus esfuerzos. Por esa misma razón, hacia las 12 de la noche, en uno de esos momentos de intimidad de Susan y Jim, tuve que salir a la calle a respirar.

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