¿Qué estaría haciendo Wade?¿Volvería a recuperar a mi mejor amigo?¿Volverían las cosas a ser como eran antes?
Me senté en el saliente de un muro del bar, observando la Luna. Si aquel satélite pudiera hablar y contar todo lo que había visto... Me habría visto a mí comportarme como una idiota. A mí llorando como una niña chica que se ha caído de su columpio. A mí como una víctima sin razón de ser.
Si la Luna pudiese hablar me diría que era una imbécil, que volviese al bar a hacer compañía a toda esa gente que estaba esforzándose por que me divirtiese y me aconsejaría que pusiese un poco de empeño en que todo saliese bien.
-La soledad no es la mejor de las compañías cuando la noche es tan oscura. Podría incitarte a hacer cosas que de otra manera no harías.
El timbre de la voz aceleró mi corazón sin siquiera saberlo. Notaba como una sonrisa pugnaba por asomar en mi rostro y dejé que aflorase con una sinceridad que casi dolía.
-¿Es eso lo que te trae por aquí?¿La tentación de la noche?
William Seltenright me miraba con esos increíbles ojos azules desde la altura que le proporcionaba su estatura y que yo estuviese sentada.
-Quizá ha sido eso- dijo sentándose a mi lado.-O quizá el instinto de descubrir a una chica que no es capaz de divertirse en una noche de verano.
-Hay noches que es mejor pasarlas durmiendo.
-Ya dormirás cuando disfrutar no sea una buena opción.
Justo en ese momento Susan abrió la puerta chillando mi nombre. Se tranquilizó al verme al lado del bar, pero el nerviosismo la volvió a asaltar en cuanto cayó en la cuenta de quien era el que estaba sentado a mi lado.
-Susan, este es William.
Sabía que no necesitaba ninguna presentación, pero debía rellenar el silencio que Susan había dejado con la sorpresa. William se acercó a ella con una mano extendida. Susan miraba a uno y otro como si no estuviese segura de si debía saludar con una reverencia o bastaba con el apretón de manos.
-¿Por qué no entráis dentro? Jim está contando la historia de como cambiaron el gel de baño de los Bulls de Atlanta por tinte azul.
Miré a William preguntándome cómo escaparía de estar con gente como nosotros, lejos de su palacio y sus acostumbradas y misteriosas juergas nocturnas. Para mi sorpresa ni siquiera lo intentó. Nos dedicó una educada sonrisa llena de su habitual encanto mientras sostenía la puerta del bar como todo un caballero para que Susan y yo entrásemos.
-...tardamos más de dos horas en cambiar cada bote de champú, pero todo el trabajo mereció la pena cuando al día siguiente se presentaron al partido, azules por el tinte y rojos por la rabia.
Al vernos aparecer todos se quedaron callados mirando a William. Él, dándose cuenta, extendió la mano hacia Jim.
-William.
Hizo lo propio con cada uno, quienes devolvían el saludo con cierto recelo en un primer momento, preguntándose si no se les echaría al cuello a por su sangre como narraban ciertas leyendas urbanas.
-¿Sois todos amigos de Ariel del instituto?-preguntó Will iniciando la conversación. Era educado y amable, sin pretensiones ni aires de superioridad. No había rastro de altivez en su azul mirada, tan solo el respeto que se le confiere a un recién conocido. Ésto fue notable enseguida por los demás, que siguieron la conversación con naturalidad.
-En realidad sólo Susan y yo, los demás son amigos con los que de vez en cuando juego al fútbol.
-¿En qué equipo jugáis?
-Yo juego en el del instituto, los Lobos de La Grange.
-Nosotros no jugamos en ningún equipo, es sólo un pasatiempo-contestó uno de ellos llamado Bob.
La conversación derivó completamente al fútbol, dejándonos a Susan y a mí espacio para hablar.
-¿Crees que Wade y tú podréis ser amigos de nuevo?
-Eso espero sinceramente.
La pena seguía oprimiéndome el corazón, pero desde que Will había aparecido la carga resultaba menos pesada. Le miraba hablar de fútbol con esa pose y esa actitud tan diferente a la de los demás y no podía evitar olvidar de qué estaba preocupada. Me pregunté si él tendría esa clase de tristeza cuando rechazaba a alguien. Seguro que lo hacía cada día dos o tres veces, así que su pesar sería menor, suavizado por la experiencia.
Por otro lado, me preguntaba si existiría la pena en casa de los Seltenright. Con ese ambiente tranquilo y agradable parecía imposible que cualquier pensamiento oscuro pudiera abrirse paso. Me costaba imaginar a la dulce Rose frunciendo aunque fuese ligeramente el ceño por la preocupación o la tristeza.
Yo misma, cuando iba a tumbarme al prado contiguo a la casa solía olvidarme de todo.
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