-Me voy, mi padre se preocupará si se despierta en medio de la noche y no puede encontrarme.
Me despedí de todos rápidamente, dejando a William para el final. Él, como caballero que era, insistió en acompañarme a casa. No era un camino demasiado largo, pero me bastaba para empaparme de su perfección aunque fuese sólo durante unos minutos.
-Tienes unos amigos encantadores-dijo en cuanto se cerró la puerta del bar. Llevaba una camisa blanca elegante y fresca a la vez, como si viniese de recoger las uvas de su viñedo en la Toscana para hacer su propio vino.
-Tengo mucha suerte-admití, pensando que ni Jim ni Susan me habían dado la espalda por estropear mi amistad con Wade, sino que intentaban apoyarme y hacérmelo pasar en grande.
-Quieren protegerte a toda costa-comentó de pronto. No lo dijo extrañado, sorprendido o emocionado. Se limitaba a destacar un hecho que había observado durante la velada, analizando la amistad como si de un elemento científico se tratara.
No debía tener muchos amigos y no sólo por la poca gente que conocía, sino porque era esa clase de personas que levanta admiración y envidias allá por donde pasa, y más enemistad que simpatía. Debía costarle mantener relaciones más allá de su familia. ¿Sería por ese motivo que se aislaban de esa manera?
-Jim y Susan son como hermanos para mí, nos conocemos desde hace años-le expliqué. Él no se había juntado con el pueblo en su vida cotidiana, probablemente ni siquiera entendía a qué me estaba refiriendo. Sin embargo continuó caminando con la mano derecha metida en el bolsillo de su caro pantalón y la izquierda oscilando a mi lado, casi rozando mis dedos.-No conoces a mucha gente del pueblo, ¿verdad?
-No a gente como la que conoces tú.
Hablaba pero no me miraba a mí. Sus ojos azules brillaban con el reflejo de las estrellas en el cielo. Parecía levemente impresionado mientras admiraba la infinitud del cosmos. Seguía esa mirada en sus ojos, la del rey del universo, como si el mundo se hubiese creado para que fuese su espectáculo personal y ya lo hubiese visto todo. En otra vida debió de ser un rey romano, un conquistador de tierras lejanas. Lo imaginaba con hojas de laurel en la cabeza y un leopardo de mascota, mirando los espectáculos de gladiadores sin pestañear, como si ni eso consiguiese despertar su interés.
Continuamos caminando en silencio hacia mi casa. No era un silencio incómodo, no necesitaba ser rellenado de palabras inútiles; era un silencio agradable, un silencio de verano en el que se deja a los grillos llenar el espacio y a la humedad el ambiente.
De pronto un interrogante apareció en mi mente:
-A ningún sitio importante-contestó. Al ver que miraba para el frente de nuevo relajó el paso y la voz.-Algún día te llevaré. Es bueno ver y experimentar todo aunque sólo sea una vez en la vida.
Me di por satisfecha con su respuesta y permanecimos en silencio hasta llegar a la valla blanca de mi casa.
-Ha sido un placer encontrarte esta noche, Ariel-me dijo metiendo también la mano izquierda en el bolsillo y mirándome con sus preciosos ojos.
-Lo mismo digo-le contesté. Lo decía de corazón. Me había distraído como los demás no lo habían conseguido y había hecho que olvidase a Wade durante varias horas.
-Espero que puedas venir con nosotros el jueves a montar a caballo. Rose está emocionada cepillando a Hooly para ti. Es a las cinco, no te olvides.
-No lo haré.
Contentándose con mi respuesta me hizo una elegante reverencia y se alejó de nuevo con las manos en los bolsillos.
Notaba que una pequeña parte de aquella perfección quedaba conmigo, contagiándose por todo mi cuerpo. Me sentía como si mis deseos de niña a las estrellas se hubiesen hecho realidad. "Twinkle, twinkle, little star; let me know the Seltenright".
Abrí la puerta de casa y me fui a la cama con una sonrisa dibujada en el rostro. William Seltenright me había acompañado a casa, había hecho gala de toda su caballerosidad conmigo y me había invitado de nuevo a su casa. No podía esperar al jueves.

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