lunes, 22 de abril de 2013

Capítulo 6.

Se me quitaron las ganas de ir a cenar en cuanto tuve que decidir qué ponerme. Eché abajo el armario en busca del vestido perfecto, de mi mejor gala, de algo que siquiera se acercase ligeramente a lo que ellos vestirían. Tenía que ir elegante, de aquello no había ninguna duda. Los Seltenright no eran la clase de familia que se sienta a cenar una pizza enfrente del televisor mientras le chilla a la pantalla con la boca llena. No, ellos eran de la clase de familia que se sienta a cenar los hombres con traje y las mujeres con collares de perlas mientras hablan sobre los millones que ganan invirtiendo en bolsa. Y yo no tenía ningún vestido adecuado para hablar de la bolsa.
Todos mis vestidos eran ligeros, adecuados para ir al pueblo o al instituto, no a una ceremonia. Sin embargo... mi vestido blanco del último baile del colegio tenía que estar por algún sitio. Busqué en el desván, desenterré cajas escondidas al fondo de mi armario que sólo contenían un montón de zapatos viejos, y finalmente lo encontré perfectamente doblado en una gran caja blanca debajo de mi cama. 
Era un vestido sencillo, blanco con pedrería rodeando el cuello redondo, ajustado hasta la cintura y luego suelto en un elegante vuelo hasta casi tocar las rodillas. La espalda estaba dividida por delicados botones de satén que me llevó un par de minutos abrochármelos yo sola. 
Miré el reloj de la mesilla: las seis. Solo me faltaba el maquillaje y el peinado. Fui al baño a por un estuche de pinturas inexistente. Nunca me maquillaba, no me había parecido jamás necesario. ¿Qué iba a hacer ahora? A lo mejor los Seltenright preferían la naturalidad. Que yo recordase ni Adele ni Rose iban nunca maquilladas. Observé mi reflejo en el espejo con resignación. Me hubiese gustado esconder esas irritables pequitas  que aparecían en mi piel por el sol, pero ya nada se podía hacer. El vestido blanco resaltaba mi piel morena de tantos días en el campo, pero no llegaba a resaltar mis ojos castaños. Me encantaban mis ojos. Mi padre siempre me decía que eran los ojos más sorprendentes del pueblo, por ser castaños en un momento y verdes en cuanto la luz incidía sobre ellos. Sin embargo todavía estaban muy lejos de ser de ese perfecto azul Seltenright.
El pelo castaño oscuro me caía lacio hasta la cintura y se me enredaba en la pedrería del vestido. Tenía que hacer algo con él, un recogido elegante. Intenté hacerme un moño intrincado sugerido por una revista de moda para ocasiones especiales, pero acabé sustituyéndolo por un recogido más sencillo. Me aparté el pelo de la cara sujetándolo con un lazo blanco.
Volví a mirar la hora del reloj: las seis y media. Tenía que irme ya si no quería ser impuntual. Agarré las petunias y bajé al salón a darle un beso a mi padre que se entretenía con un partido de fútbol y una cerveza.
-Adiós, papá, llegaré sobre las once o doce.
Le di un beso en la coronilla y salí rápidamente por la puerta antes de que me detuviese.
Tuve todo el camino hacia la mansión para hacerme a la idea de que (por fin) iba a cenar a casa de los Seltenright. Hacia la mitad de la caminata tuve que parar a tranquilizarme. Un millón de pensamientos me asaltaron sin compasión. ¿Y si se reían de mí?¿Y si metía la pata?¿Y si me detestaban y no querían volver a saber nada de mí?¿Y si no conseguía ser tan sofisticada como ellos y me despreciaban por ello? No, nada de eso ocurriría. Sabían que yo era una pobre chica del pueblo, que no pertenecía en absoluto a su mundo, pero me habían invitado a cenar igualmente.
La cena sería un éxito, seguro. Con unos pensamientos más optimistas reanudé de nuevo el paseo hacia su casa.
Pasé por el campo donde había pasado tantos días de mi vida y me entraron ganas de tirarme en la hierba y reír de felicidad, pero el vestido se mancharía y el peinado se desharía. Continué el camino hacia la enorme mansión de blancas escalinatas. Ralenticé el paso mientras caminaba por el pasillo de las estatuas, que parecían sonreírme desde sus podios de piedra. Siempre había sentido especial admiración por la escultura por encima del resto de las artes. Me maravillaba la capacidad de un hombre de plasmar una imagen sobre algo tan resistente como una piedra. Era una muestra de que el hombre, ayudado por la naturaleza, podía crear algo de singular belleza y moldear cualquier cosa a su antojo.
Llegué finalmente al comienzo de la escalinata y me detuve. Me sentía de pronto insignificante, empequeñecida ante tal obra maestra de la arquitectura. Subí las escaleras deleitándome en cada paso, no fuese a ser que después de aquella noche no las pudiese volver a subir jamás. 
Llegué finalmente ante la puerta y me detuve un momento antes de llamar al timbre. Era el momento decisivo, ya no podía echar atrás y fingir que estaba enferma. Llamé al timbre y oí el eco dentro de la casa, seguido por unos pasos apresurados. 

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