Cuando me dirigía a casa de los Seltenright con un nudo en el estómago y las ropas de montar a caballo empezaron a asaltarme dudas sobre como montar. ¿Y si no me acordaba de nada?¿Y si me caía del caballo? No, no era algo que se olvidase así como así, en cuanto me subiese al caballo lo recordaría todo, tan sólo tenía que dejarme llevar.
Una vez leí sobre un estudio que defendía que todo se queda guardado en nuestro subconsciente y que si no recordábamos como hacer algo, con dejar la mente en blanco nuestro cuerpo actúa por su cuenta. Esperaba que mi subconsciente me sacase viva de esa excursión.
Me intenté colocar por decimonovena vez los pantalones de manera que no me incomodasen tanto, y por decimonovena vez el intento fue infructuoso. Hacía ya tres años que no montaba a caballo y los pantalones me quedaban estrechos y cortos. Los pies por suerte no me habían crecido y podía encajarme las botas sin ningún problema. Desgraciadamente, había otras partes de mi cuerpo que sí habían crecido. Me remetí la camisa por dentro, avergonzándome de lo ajustada que me quedaba. No solía llevar cosas tan ceñidas, pero no me había quedado otra opción.
Llamé al timbre de los Seltenright y Marion no tardó más de dos segundos en abrirme, parecía que me hubiese estado esperando detrás de la puerta.
-Los señores están en el establo, permítame que la acompañe-me dijo con su suave acento.
Me condujo por dónde William me había llevado hacía tan sólo unos días hasta donde se encontraban los caballos. Sólo que en lugar de encontrarme con una niña hablándole a un caballo como el primer día, me encontré a la familia al completo ensillando a sus respectivos caballos. Todos llevaban lujosas prendas de montar a caballo hechas a medida, excepto William, que prefería una camisa y un pantalón corrientes.
-¡Ariel! Hooly está deseando conocerte-dijo Rose en cuanto me vio, viniendo corriendo hacia mí.
Harold Seltenright me tendió las riendas de un caballo que suponía que sería el susodicho. Era el caballo más bonito que había visto en mi vida. Era marrón, fuerte y grande, con una mancha blanca en el centro de la cabeza. Era el caballo que siempre le había pedido a mi padre.
Le acaricié la cabeza, pasando la mano entre sus ojos. Bajó el cuello y dejó que le tocase. Era muy manso y se veía que nos íbamos a llevar bien desde el principio.
-Es encantador volver a verte, querida-me dijo Adele Seltenright.
-Es un placer, señora Seltenright.
Intenté ensillar a Hooly, pero hacía demasiado tiempo que no montaba a caballo y que no tenía que realizar semejante proceso, así que acabé haciéndome un lío y metiendo las cinchas donde podía.
-Eso no va ahí-dijo una voz a mi derecha. William Seltenright me hizo apartarme a un lado y colocó la silla y las riendas con rapidez y ningún problema. Sus ágiles dedos se movían por el caballo, haciéndome sentir torpe e inútil.
Montar a caballo fue toda una liberación. Cabalgamos por el prado que había en la parte trasera de la casa. El viento me echaba el cabello hacia atrás y lo único que podía oír era el rítmico galope de Hooly contra el verde césped.
Hacía tanto que no montaba a caballo que había olvidado lo sencillo que era desconectar de todo, olvidar incluso donde estaba.
-Ariel, por aquí-gritó Rose para hacerse oír por encima del ruido que hacían los cacos de los caballos.
Hizo girar a su caballo hacia la derecha, por un sendero que se metía entre unos árboles. La seguí, esperando que el camino no asustase a mi caballo. Por suerte el camino entre los árboles no duró demasiado. Llegamos a un precioso lago que brillaba como si estuviese compuesto de miles de diamantes. Al otro lado del lago se encontraba la enorme mansión.
-Es el lago West Point-me explicó Rose.-Estamos casi en Alabama. En verano solemos venir aquí a bañarnos o a hacer picnics.
-Es encantador.
Apenas tenía palabras. Había oído hablar del lago, corrían tantos rumores sobre el lago como sobre la familia que lo poseía. Decían que los Seltenright tenían su propio Nessi en el lago, pero amaestrado. Si el pueblo conseguía irritar a la familia más poderosa, ellos se encargarían de lanzar a su mascota sobre ellos. Por suerte, esta leyenda era demasiado irreal como para que cualquiera la creyese. No debía ser la única que había oído hablar de esa historia porque de repente una voz a mi lado dijo:
-No creas todo lo que dicen de este lago. El monstruo no está domesticado.
William se había situado con su caballo a mi lado y yo había estado tan ensimismada con el lago que no me había dado cuenta. Me puse tensa de repente, al notar su proximidad. Rose malinterpretó mi nerviosismo y se enojó.
-Oh, Will, no la asustes.
Éste soltó una risa burlona y se disculpó. Iba montado en un caballo negro, nada de un corcel blanco como un príncipe de cuento. Sin embargo, eso le hacía incluso más misterioso y atrayente.
-Era sólo una broma, Ariel. No hay ningún monstruo en este lago.
Yo le sonreí, maldiciéndome por haberle dejado claro que era una niña asustadiza demasiado pequeña para su grandeza.






