martes, 23 de abril de 2013

Capítulo 14.

El jueves tardó una eternidad en llegar, pero al final llegó.
Cuando me dirigía a casa de los Seltenright con un nudo en el estómago y las ropas de montar a caballo empezaron a asaltarme dudas sobre como montar. ¿Y si no me acordaba de nada?¿Y si me caía del caballo? No, no era algo que se olvidase así como así, en cuanto me subiese al caballo lo recordaría todo, tan sólo tenía que dejarme llevar. 
Una vez leí sobre un estudio que defendía que todo se queda guardado en nuestro subconsciente y que si no recordábamos como hacer algo, con dejar la mente en blanco nuestro cuerpo actúa por su cuenta. Esperaba que mi subconsciente me sacase viva de esa excursión.
Me intenté colocar por decimonovena vez los pantalones de manera que no me incomodasen tanto, y por decimonovena vez el intento fue infructuoso. Hacía ya tres años que no montaba a caballo y los pantalones me quedaban estrechos y cortos. Los pies por suerte no me habían crecido y podía encajarme las botas sin ningún problema. Desgraciadamente, había otras partes de mi cuerpo que sí habían crecido. Me remetí la camisa por dentro, avergonzándome de lo ajustada que me quedaba. No solía llevar cosas tan ceñidas, pero no me había quedado otra opción.
Llamé al timbre de los Seltenright y Marion no tardó más de dos segundos en abrirme, parecía que me hubiese estado esperando detrás de la puerta.
-Los señores están en el establo, permítame que la acompañe-me dijo con su suave acento.
Me condujo por dónde William me había llevado hacía tan sólo unos días hasta donde se encontraban los caballos. Sólo que en lugar de encontrarme con una niña hablándole a un caballo como el primer día, me encontré a la familia al completo ensillando a sus respectivos caballos. Todos llevaban lujosas prendas de montar a caballo hechas a medida, excepto William, que prefería una camisa y un pantalón corrientes.
-¡Ariel! Hooly está deseando conocerte-dijo Rose en cuanto me vio, viniendo corriendo hacia mí.
Harold Seltenright me tendió las riendas de un caballo que suponía que sería el susodicho. Era el caballo más bonito que había visto en mi vida. Era marrón, fuerte y grande, con una mancha blanca en el centro de la cabeza. Era el caballo que siempre le había pedido a mi padre. 
Le acaricié la cabeza, pasando la mano entre sus ojos. Bajó el cuello y dejó que le tocase. Era muy manso y se veía que nos íbamos a llevar bien desde el principio.
-Es encantador volver a verte, querida-me dijo Adele Seltenright.
-Es un placer, señora Seltenright.
Intenté ensillar a Hooly, pero hacía demasiado tiempo que no montaba a caballo y que no tenía que realizar semejante proceso, así que acabé haciéndome un lío y metiendo las cinchas donde podía.
-Eso no va ahí-dijo una voz a mi derecha. William Seltenright me hizo apartarme a un lado y colocó la silla y las riendas con rapidez y ningún problema. Sus ágiles dedos se movían por el caballo, haciéndome sentir torpe e inútil.
Montar a caballo fue toda una liberación. Cabalgamos por el prado que había en la parte trasera de la casa. El viento me echaba el cabello hacia atrás y lo único que podía oír era el rítmico galope de Hooly contra el verde césped.
Hacía tanto que no montaba a caballo que había olvidado lo sencillo que era desconectar de todo, olvidar incluso donde estaba.
-Ariel, por aquí-gritó Rose para hacerse oír por encima del ruido que hacían los cacos de los caballos.
Hizo girar a su caballo hacia la derecha, por un sendero que se metía entre unos árboles. La seguí, esperando que el camino no asustase a mi caballo. Por suerte el camino entre los árboles no duró demasiado. Llegamos a un precioso lago que brillaba como si estuviese compuesto de miles de diamantes. Al otro lado del lago se encontraba la enorme mansión.
-Es el lago West Point-me explicó Rose.-Estamos casi en Alabama. En verano solemos venir aquí a bañarnos o a hacer picnics.
-Es encantador.
Apenas tenía palabras. Había oído hablar del lago, corrían tantos rumores sobre el lago como sobre la familia que lo poseía. Decían que los Seltenright tenían su propio Nessi en el lago, pero amaestrado. Si el pueblo conseguía irritar a la familia más poderosa, ellos se encargarían de lanzar a su mascota sobre ellos. Por suerte, esta leyenda era demasiado irreal como para que cualquiera la creyese. No debía ser la única que había oído hablar de esa historia porque de repente una voz a mi lado dijo:
-No creas todo lo que dicen de este lago. El monstruo no está domesticado.
William se había situado con su caballo a mi lado y yo había estado tan ensimismada con el lago que no me había dado cuenta. Me puse tensa de repente, al notar su proximidad. Rose malinterpretó mi nerviosismo y se enojó.
-Oh, Will, no la asustes.
Éste soltó una risa burlona y se disculpó. Iba montado en un caballo negro, nada de un corcel blanco como un príncipe de cuento. Sin embargo, eso le hacía incluso más misterioso y atrayente.
-Era sólo una broma, Ariel. No hay ningún monstruo en este lago.
Yo le sonreí, maldiciéndome por haberle dejado claro que era una niña asustadiza demasiado pequeña para su grandeza.

Capítulo 13.

William estaba contando una anécdota sobre fútbol que había presenciado cuando miré por primera vez la hora. El tiempo se había pasado tan rápido desde que el mayor de los Seltenright había llegado que no me había dado cuenta de que ya eran las tres de la mañana, una hora más que perfecta para irme a dormir.
-Me voy, mi padre se preocupará si se despierta en medio de la noche y no puede encontrarme.
Me despedí de todos rápidamente, dejando a William para el final. Él, como caballero que era, insistió en acompañarme a casa. No era un camino demasiado largo, pero me bastaba para empaparme de su perfección aunque fuese sólo durante unos minutos.
-Tienes unos amigos encantadores-dijo en cuanto se cerró la puerta del bar. Llevaba una camisa blanca elegante y fresca a la vez, como si viniese de recoger las uvas de su viñedo en la Toscana para hacer su propio vino.
-Tengo mucha suerte-admití, pensando que ni Jim ni Susan me habían dado la espalda por estropear mi amistad con Wade, sino que intentaban apoyarme y hacérmelo pasar en grande. 
-Quieren protegerte a toda costa-comentó de pronto. No lo dijo extrañado, sorprendido o emocionado. Se limitaba a destacar un hecho que había observado durante la velada, analizando la amistad como si de un elemento científico se tratara.
No debía tener muchos amigos y no sólo por la poca gente que conocía, sino porque era esa clase de personas que levanta admiración y envidias allá por donde pasa, y más enemistad que simpatía. Debía costarle mantener relaciones más allá de su familia. ¿Sería por ese motivo que se aislaban de esa manera?
-Jim y Susan son como hermanos para mí, nos conocemos desde hace años-le expliqué. Él no se había juntado con el pueblo en su vida cotidiana, probablemente ni siquiera entendía a qué me estaba refiriendo. Sin embargo continuó caminando con la mano derecha metida en el bolsillo de su caro pantalón y la izquierda oscilando a mi lado, casi rozando mis dedos.-No conoces a mucha gente del pueblo, ¿verdad?
-No a gente como la que conoces tú.
Hablaba pero no me miraba a mí. Sus ojos azules brillaban con el reflejo de las estrellas en el cielo. Parecía levemente impresionado mientras admiraba la infinitud del cosmos. Seguía esa mirada en sus ojos, la del rey del universo, como si el mundo se hubiese creado para que fuese su espectáculo personal y ya lo hubiese visto todo. En otra vida debió de ser un rey romano, un conquistador de tierras lejanas. Lo imaginaba con hojas de laurel en la cabeza y un leopardo de mascota, mirando los espectáculos de gladiadores sin pestañear, como si ni eso consiguiese despertar su interés.
Continuamos caminando en silencio hacia mi casa. No era un silencio incómodo, no necesitaba ser rellenado de palabras inútiles;  era un silencio agradable, un silencio de verano en el que se deja a los grillos llenar el espacio y a la humedad el ambiente.
De pronto un interrogante apareció en mi mente:
-¿A dónde te dirigías cuando me viste?
-A ningún sitio importante-contestó.  Al ver que miraba para el frente de nuevo relajó el paso y la voz.-Algún día te llevaré. Es bueno ver y experimentar todo aunque sólo sea una vez en la vida.
Me di por satisfecha con su respuesta y permanecimos en silencio hasta llegar a la valla blanca de mi casa.
-Ha sido un placer encontrarte esta noche, Ariel-me dijo metiendo también la mano izquierda en el bolsillo y mirándome con sus preciosos ojos.
-Lo mismo digo-le contesté. Lo decía de corazón. Me había distraído como los demás no lo habían conseguido y había hecho que olvidase a Wade durante varias horas.
-Espero que puedas venir con nosotros el jueves a montar a caballo. Rose está emocionada cepillando a  Hooly para ti. Es a las cinco, no te olvides.
-No lo haré. 
Contentándose con mi respuesta me hizo una elegante reverencia y se alejó de nuevo con las manos en los bolsillos.
Notaba que una pequeña parte de aquella perfección quedaba conmigo, contagiándose por todo mi cuerpo. Me sentía como si mis deseos de niña a las estrellas se hubiesen hecho realidad. "Twinkle, twinkle, little star; let me know the Seltenright".
Abrí la puerta de casa y me fui a la cama con una sonrisa dibujada en el rostro. William Seltenright me había acompañado a casa, había hecho gala de toda su caballerosidad conmigo y me había invitado de nuevo a su casa. No podía esperar al jueves.

Capítulo 12.

La noche era cálida, notaba la humedad abrazando la piel de mis brazos y cuello como si de un pulpo se tratara.
¿Qué estaría haciendo Wade?¿Volvería a recuperar a mi mejor amigo?¿Volverían las cosas a ser como eran antes?
Me senté en el saliente de un muro del bar, observando la Luna. Si aquel satélite pudiera hablar y contar todo lo que había visto... Me habría visto a mí comportarme como una idiota. A mí llorando como una niña chica que se ha caído de su columpio. A mí como una víctima sin razón de ser.
Si la Luna pudiese hablar me diría que era una imbécil, que volviese al bar a hacer compañía a toda esa gente que estaba esforzándose por que me divirtiese y me aconsejaría que pusiese un poco de empeño en que todo saliese bien.
-La soledad no es la mejor de las compañías cuando la noche es tan oscura. Podría incitarte a hacer cosas que de otra manera no harías.
El timbre de la voz aceleró mi corazón sin siquiera saberlo. Notaba como una sonrisa pugnaba por asomar en mi rostro y dejé que aflorase con una sinceridad que casi dolía.
-¿Es eso lo que te trae por aquí?¿La tentación de la noche?
William Seltenright me miraba con esos increíbles ojos azules desde la altura que le proporcionaba su estatura y que yo estuviese sentada.
-Quizá ha sido eso- dijo sentándose a mi lado.-O quizá el instinto de descubrir a una chica que no es capaz de divertirse en una noche de verano.
-Hay noches que es mejor pasarlas durmiendo.
-Ya dormirás cuando disfrutar no sea una buena opción.
Justo en ese momento Susan abrió la puerta chillando mi nombre. Se tranquilizó al verme al lado del bar, pero el nerviosismo la volvió a asaltar en cuanto cayó en la cuenta de quien era el que estaba sentado a mi lado.
-Susan, este es William.
Sabía que no necesitaba ninguna presentación, pero debía rellenar el silencio que Susan había dejado con la sorpresa. William se acercó a ella con una mano extendida. Susan miraba a uno y otro como si no estuviese segura de si debía saludar con una reverencia o bastaba con el apretón de manos.
-¿Por qué no entráis dentro? Jim está contando la historia de como cambiaron el gel de baño de los Bulls de Atlanta por tinte azul.
Miré a William preguntándome cómo escaparía de estar con gente como nosotros, lejos de su palacio y sus acostumbradas y misteriosas juergas nocturnas. Para mi sorpresa ni siquiera lo intentó. Nos dedicó una educada sonrisa llena de su habitual encanto mientras sostenía la puerta del bar como todo un caballero para que Susan y yo entrásemos.
-...tardamos más de dos horas en cambiar cada bote de champú, pero todo el trabajo mereció la pena cuando al día siguiente se presentaron al partido, azules por el tinte y rojos por la rabia.
Al vernos aparecer todos se quedaron callados mirando a William. Él, dándose cuenta, extendió la mano hacia Jim.
-William.
Hizo lo propio con cada uno, quienes devolvían el saludo con cierto recelo en un primer momento, preguntándose si no se les echaría al cuello a por su sangre como narraban ciertas leyendas urbanas.
-¿Sois todos amigos de Ariel del instituto?-preguntó Will iniciando la conversación. Era educado y amable, sin pretensiones ni aires de superioridad. No había rastro de altivez en su azul mirada, tan solo el respeto que se le confiere a un recién conocido. Ésto fue notable enseguida por los demás, que siguieron la conversación con naturalidad. 
-En realidad sólo Susan y yo, los demás son amigos con los que de vez en cuando juego al fútbol.
-¿En qué equipo jugáis?
-Yo juego en el del instituto, los Lobos de La Grange.
-Nosotros no jugamos en ningún equipo, es sólo un pasatiempo-contestó uno de ellos llamado Bob.
La conversación derivó completamente al fútbol, dejándonos a Susan y a mí espacio para hablar.
-¿Crees que Wade y tú podréis ser amigos de nuevo?
-Eso espero sinceramente.
La pena seguía oprimiéndome el corazón, pero desde que Will había aparecido la carga resultaba menos pesada. Le miraba hablar de fútbol con esa pose y esa actitud tan diferente a la de los demás y no podía evitar olvidar de qué estaba preocupada. Me pregunté si él tendría esa clase de tristeza cuando rechazaba a alguien. Seguro que lo hacía cada día dos o tres veces, así que su pesar sería menor, suavizado por la experiencia. 
Por otro lado, me preguntaba si existiría la pena en casa de los Seltenright. Con ese ambiente tranquilo y agradable parecía imposible que cualquier pensamiento oscuro pudiera abrirse paso. Me costaba imaginar a la dulce Rose frunciendo aunque fuese ligeramente el ceño por la preocupación o la tristeza.
Yo misma, cuando iba a tumbarme al prado contiguo a la casa solía olvidarme de todo.

Capítulo 11.

El día siguiente lo pasé casi entero encerrada en casa. No quería salir a la calle bajo ningún concepto. El grupo de las chismosas ya se habría enterado a esas alturas e intentaría entablar conversación con uno de los dos para poder alardear de saber "de buena tinta" lo que había sucedido. Proceso inútil teniendo en cuenta que acabarían por añadir tantos detalles inventados a la historia que acabarían convirtiéndola en una completamente nueva.
Además, no quería encontrar a Wade, no quería ver cómo él, que tenía razones para derrumbarse, era capaz de sonreírme amablemente y sin rencor,  mientras yo quedaba sumida en la culpa sin ninguna razón.
-¿Quieres que te traiga el zumo a la cama?-me ofreció mi padre después de que le dijese que sufría una jaqueca y pensaba pasar el día en la cama.
-No tengo hambre, ni sed. Gracias.
Se le veía un poco preocupado, debía estar preguntándose si debía llamar al médico o dejarme simplemente descansar.
Llevaba años sin estar mala, mi padre había perdido la costumbre de cuidar a una enferma y dudaba de si lo estaba haciendo bien.
-Es sólo una jaqueca, papá. Se me pasará, sólo necesito descansar.
Un poco más tranquilo salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Después de un rato de tortura mental decidí que lo mejor que podía hacer era no pensar en nada, así que saqué un manoseado libro de la estantería y me dispuse a leerlo por decimoquinta vez. Era Anna Karenina, mi libro favorito desde que mi padre me dijo que había sido el libro favorito de mi madre. Intentaba, a través de sus páginas, establecer una relación con ella, un punto en común que no necesitase de palabras.
Era un libro trágico, de gran complejidad. En un principio me costó entenderlo, pero no había nada que me gustase más que lo complicado. Me encantaba encontrar algo complejo y analizarlo, centrarme en ello durante horas, desmenuzarlo poco a poco, ir quitando una capa tras otra, hasta convertirlo en la cosa más sencilla.
Pasé más de siete horas inmersa en el libro, enajenada de todo, insensible al calor, a la humedad y al ruido de la televisión de mi padre. Me sumí por completo en el mundo de Anna, un mundo tan diferente del mío que resultaba irresistiblemente atrayente e infinitamente emocionante.
Sólo solté el libro en una ocasión para ir a abrir la puerta de mi cuarto. Alguien llevaba un rato llamando y sólo me decidí a abrir una vez que acabé la página que estaba leyendo.
-Ya me ha dicho tu padre que tenías dolor de cabeza, pero era necesario que escucharas esto-dijo Susan entrando a mi habitación como un torbellino en cuanto le di libre acceso.  Se tumbó en mi cama con una sonrisa de felicidad pintada en el rostro.¿Cuándo había entrado en mi casa?.- Jim y yo estamos saliendo.
-Lo sé, os vi ayer. Me alegro de verdad.-Al abrazarla me di cuenta de que a pesar de todo estaba realmente feliz por ellos. Me tumbé a su lado para hablar. Era lo que solíamos hacer cuando se trataba de un tema especialmente complicado. Nos tumbábamos la una junto a la otra en mi cama y hablábamos mientras veíamos las nubes pasar por el ventanuco del techo de mi habitación. En esa posición nos tocábamos y transmitíamos cercanía y apoyo, pero no nos mirábamos la una a la otra. Era una manera fe dejar espacio y libertad para expresarse, transmitiendo a la vez la seguridad y confianza que sólo da una buena amiga.
-¿Qué hay de Wade y tú? Os marchasteis sin despediros.
Solté un débil gemido de dolor y comprendió al instante lo que había pasado.
-No hay dolor de cabeza, ¿verdad?
Negué con la cabeza. Qué bien me conocía.
-Entonces hoy mi misión va a ser distraerte. Nos vamos al pueblo. Esta noche.
Lo cierto era que no me apetecía en absoluto, pero si Susan se proponía algo lo mejor que se podía hacer era seguirla la corriente.
Saqueó mi armario buscando algo bonito y fiestero para salir, pero aquello no iba conmigo, así que acabó yendo a su casa a por una blusa negra de su madre y una falda ajustada igual. Yo no estaba cómoda con ese atuendo, pero Susan parecía tan feliz diciéndome lo guapa que estaba que me sentía incapaz de contradecirla. Me pregunté si podría en algún momento cambiar esas ropas por algún vestido holgado y de un color más alegre.
Acabamos a las nueve en un local desconocido para mí del pueblo con Jim y unos amigos suyos con los que solía jugar al fútbol. Ni rastro de Wade como Susan había prometido. Los amigos de Jim eran muy agradables, nos invitaron a copas y nos dieron conversación durante toda la noche. Jim y Susan de vez en cuando se aislaban y me tocaba a mí reír todas las gracias destinadas a animarme y contestarles como si de verdad desease estar ahí. Eran amables y extremadamente simpáticos, pero fui incapaz de sentirme a gusto con ellos a pesar de todos sus esfuerzos. Por esa misma razón, hacia las 12 de la noche, en uno de esos momentos de intimidad de Susan y Jim, tuve que salir a la calle a respirar.

Capítulo 10.

Conocía a Wade desde que tenía diez años y me había tirado del pelo en medio de la iglesia. Recordaba que le oía reír mientras me tiraba de la coleta y que yo me quedaba callada porque era consciente del lugar en el que me encontraba. Sin embargo, la espera y el silencio tuvieron su recompensa porque a la salida de la misa le esperé en la puerta y le puse la zancadilla en cuanto se despistó, haciéndole caer de bruces. A partir de ahí, irónicamente, comenzó nuestra amistad. Me había ganado el respeto del pequeño Wade y eso significaba que éramos amigos, cómplices en nuestros juegos. Su mejor amigo era Jim y la mía Susan, así que pronto formamos una alianza que parecía inquebrantable.
De pronto mi mente me hizo saltar unos años en el tiempo, a un día que marcó, sin nosotros saberlo, el inicio de algo nuevo, que nos introdujo una idea en la cabeza que podría acabar con nuestra alianza.
Se trataba de la vez que fuimos al autocine a ver "Cuando Harry encontró a Sally". Susan nos arrastró porque adoraba las películas de Meg Ryan. A partir de esa película se inició un gran debate entre nosotros sobre si era cierto aquello de que un chico y una chica no podían ser amigos.
-¡Eso es absurdo!-decía yo.-¿Qué somos nosotros entonces?
Nos miramos unos a otro incómodos. ¿Podía ser que alguno se hubiese enamorado alguna vez de otro? El tema no volvió a salir, pero recuerdo que Jim y Wade sostenían que los chicos y las chicas no podían ser amigos.
-Ya veréis, alguno se enamorará...-avisaban.
Recordé ese momento mientras estaba ahí sentada, con Wade mirándome a los ojos. Últimamente habíamos estado muy distantes y ambos sabíamos a qué se debía.
-Ariel...-comenzó.-Sé que somos amigos desde hace años y sabes que lo último que querría es estropear esa amistad...
-Pero lo vas a hacer-repliqué sin poder contenerme, mirando sus casi suplicantes ojos marrones.
-B-bueno, no tendría porqué dañar nuestra amistad-tartamudeó avergonzado. Yo le agarré las manos con cariño.
-Wade, eres un chico encantador, pero sabes que yo no te veo de esa manera. Y ojalá te viese así, de verdad te lo digo, pero como tú dices llevamos siendo amigos demasiado tiempo como para que yo te vea como algo más. Te mereces una chica que te quiera, Wade. Te mereces ser feliz. Te mereces vivir una historia de verdad, conocer chicas fuera de este pueblo y enamorarte de alguien que te quiera en igual medida.
Lo dije desde mi alma, intentando transmitirle todo el cariño que sentía por él y la tristeza porque no fuese algo más, pero Wade tan sólo escuchó mis palabras y su mente las resumió en un rechazo. Se quedó abatido durante unos segundos en su asiento mirando al suelo, antes de disculparse y marcharse a su casa.
Conocía a Wade y sabía que no insistiría. Era una buena persona, intentaría que las cosas fuesen lo más normales posibles aunque le costase obviar la incomodidad que se había interpuesto entre nosotros.
Miré hacia la mesa de billar y pude comprobar que por lo menos la fiesta no se había arruinado del todo. Jim tenía acorralada a Susan contra la mesa y la estaba besando. Una parte de mí se llenó de alegría al ver que por fin había un final feliz para ellos. Más tarde me entristecí al pensar en como se sentiría Wade al ver que era el único que había fracasado, que mientras él tenía que superar un rechazo su mejor amigo era feliz.
Por suerte Wade no era una persona egoísta, así que se alegraría por ellos sin ninguna envidia o rencor. Suspiré, deseando que se pudiese elegir de quién nos enamoramos.
Miré el reloj de encima de la barra: la una y cuarto. Era hora de volver a casa para comer. Hoy era mi padre el que cocinaba y tenía que vigilarle para que no encargase comida demasiado grasienta.
El camino a casa fue uno de los peores caminos que jamás tuve que recorrer. No entendía esa costumbre de ponerme a pensar mientras caminaba. Y así, caminando, comenzaron a asaltarme los mismos pensamientos del bar como si de bombas se tratasen. Wade intentaría que las cosas fueran como de costumbre pero, ¿y si no lo volvían a ser? Iba a perder a un gran amigo sólo porque se había sentido atraído hacia la persona equivocada. Pensaba en lo mal que se sentiría y en mi impotencia por hacerle sentir mejor. Y era el pensamiento de su infelicidad lo que me obligó a pararme entre calambres interiores. No pude evitar que una lágrima resbalase por mi mejilla.la segunda fue incluso más amarga al pensar que era yo la que le producía esa infelicidad y la que además lloraba por ello. Me sentía como una imbécil egocéntrica.
Me sequé las lágrimas con decisión y caminé hacia mi casa con una piedra en el estómago. De repente deseaba que mi padre hubiese encargado la comida más grasienta del mundo para poder llorar con algo más de razón.

lunes, 22 de abril de 2013

Capítulo 9.

De repente Susan estaba impaciente por que nos fuésemos. Quedaba todavía media hora para el encuentro y no se tardaba más de cinco minutos en llegar al Beerland desde mi casa, pero ella alegaba que "la impuntualidad no era cosa de señoritas respetables". Intenté imaginar cuando se habría inventado una cosa así, teniendo en cuenta que desde que la conocía jamás había llegado puntual a ningún sitio. Ni siquiera a mi casa, que estaba justo al lado.
Susan estuvo tan insistente que acabamos por llegar veinticinco minutos antes que Jim y Wade.
-¿Qué es lo que pasa?-la pregunté una vez estuvimos sentadas en la barra. Ella pidió una cerveza con un DNI falso que se había hecho recientemente.
-Me pongo nerviosa cuando estoy con Jim-me confesó con un tic nervioso en la pierna.-Necesito ponerme un poco a tono antes de que venga para poder desinhibirme. 
-Vamos, Susan...-intenté tranquilizarla apoyando mi mano en su hombro.-Sabes que a Jim le gustas, no necesitas beber para estar con él. Está loco por ti tal y como eres, desde que éramos pequeños. Además, un poco de timidez siempre añade cierto encanto a las situaciones.
-Supongo que tienes algo de razón-admitió dándole otro trago a la cerveza.
-Entonces, ¿por qué sigues bebiendo?
-Ya la he pagado, no la voy a tirar-me dijo como si estuviese loca.
En ese momento Jim y Wade aparecieron por la puerta y vinieron hacia nosotras con una deslumbrante sonrisa en el rostro.
-Estás preciosa, Ariel-me dijo Wade mirando hacia el suelo con el peso de la vergüenza en su nuca.
Embustero. Notaba mi pelo enredado y encrespado después de haberlo dejado secar por el aire sureño, y el cuello lleno de un sudor evidentemente visible. Si me llamaba preciosa o bien era porque no me había mirado en absoluto, o bien porque no conocía el significado de aquel término.
-Gracias, Wade.
-¡Ariel!-gritó Jim levantándome del suelo en un abrazo.-¿Cuándo has decidido hacerte rastas?-me preguntó alborotándome el pelo a grandes carcajadas. Debía estar peor de lo que imaginaba.
-Eres un payaso, Jim. Deberías estar en el circo-le repliqué.
-Lo intenté, pero no cabía en ninguna jaula-contestó él a su vez.
Jim jugaba en el equipo de fútbol del instituto desde los catorce años. Fue el jugador más joven de todos los tiempos del instituto y también uno de los mejores. Tenía la espalda más grande de todo el pueblo y muchas veces bromeábamos sobre ello, diciendo que bajo su sombra hasta cinco familias podrían celebrar un picnic. Él también bromeaba porque sabía perfectamente que por esa espalda era uno de los jóvenes más cotizados.
-¿Qué habéis estado haciendo estos días, chicas?-preguntó Wade apoyándose en la barra.
-Yo nada interesante, pero aquí nuestra amiga estuvo cenando con los Seltenright- dijo Susan guiñándome un ojo. Su respuesta les dejó callados y provocó que ambos me mirasen con sorpresa. Jim se encargó de romper el silencio después de un par de segundos con un largo silbido.
-Vaya, Ariel, menudo nivel. ¿Cómo has conseguido colarte en el Pentágono?
-Su perro me atacó y me invitaron a cenar- contesté brevemente. No sentía especial entusiasmo por contarle toda la historia ni a Jim ni a Wade.-¿Qué habéis hecho vosotros?
-Nosotros jugamos ayer un partido de fútbol contra los Leones del Sur. Fue emocionante, estuvo muy reñido, pero gracias a esta estrella salimos victoriosos-contó Tim agarrando a su amigo del hombro. Wade me miraba buscando una aprobación en mis ojos que le transmití en forma de sonrisa.-Y ahora, ¿quién quiere jugar al billar?
Susan se apuntó corriendo, pero yo rechacé la oferta de inmediato. Era tan mala jugadora que me daba lástima hacerles perder el tiempo conmigo.
Para mi sorpresa Wade también denegó la propuesta y se quedó sentado a mi lado en la barra. En un principio pensé que lo hacía para poder dejar a Jim y Susan solos, y me pareció muy generoso teniendo en cuenta lo competitivo que era y las ganas que tendría de jugar, pero en cuanto se giró hacia mí supe que había otro motivo. Ya era tarde para aceptar la invitación a jugar y tarde para salir corriendo. En el fondo sabía lo que quería decir, Susan se había encargado de lanzar las suficientes indirectas a su manera como para dejarme suficientemente claras sus intenciones. Pero llevaba demasiado tiempo negándomelo porque no quería que fuese verdad, no quería herirle y era justo a lo que él de estaba lanzando de cabeza.

Capítulo 8.

-¿Cómo fue la cena?-me preguntó mi padre en el desayuno.
-Increíble, papá, los Seltenright son verdaderamente un encanto. Les adorarías, estoy segura.
Mi padre gruñó, poniendo en duda mis palabras. Preparé un par de zumos de naranja para ambos, además de tostadas con miel para mí y con mantequilla para él. Cuando acabó su desayuno se fue a casa de su buen amigo Billy a charlar con él hasta la hora de la comida. Probablemente irían a alguna cafetería a jugar al billar, así que disponía de bastante tiempo para mí.
Billy era el mejor amigo de mi padre desde el instituto. Habían vivido prácticamente las mismas experiencias y para mí Billy era como un tío, parte de todas las reuniones familiares. Además, esa amistad hizo que también la esposa de Billy y mi madre desarrollasen gran afecto la una por la otra, llegando a convertirse en casi hermanas. Por desgracia esa amistad se vio truncada hacía ya diez años, con el accidente de coche de mi madre. Desde entonces, Mary Rose se nombró a sí misma responsable de mí, alegando que necesitaba una figura materna a la que confesarle todas esas cosas "a las que los hombre son insensibles". Desde entonces, una vez cada dos semanas comíamos todos juntos y ella y yo pasábamos una hora a solas en la que yo le contaba todas mis inseguridades. Para mí Mary Rose era una confidente de gran valor por su experiencia y sus años, gracias a los cuales me daba consejos impensables en alguien de mi edad. Además, nunca me juzgaba cuando confesaba actos de los que me arrepentía, aunque eso se debía sobre todo a que después del instituto hizo un curso de psicología y sabía escuchar a las mil maravillas.
Recogí el desayuno y fregué los platos mientras pensaba en la larga ducha de agua fría que me iba a dar para aliviar el calor de aquel día sofocante.

La Grange era un pueblo caluroso, pocas veces nevaba en invierno y los veranos eran casi insoportables, con temperaturas de hasta 40 grados. A mi padre le encantaba quejarse desde el sofá del asfixiante calor, chillar irritado que éramos el horno de América. Entonces yo le decía que no debería quejarse tanto e instalar aire acondicionado en la casa; aunque ya sabía lo que me contestaría "tonterías... Toda mi vida he soportado el calor sin aire acondicionado, tú también puedes". Era una conversación que teníamos casi cada domingo del verano y que jamás concluyó en un "tienes razón, hija".
Me senté frente al ventilador con el que me había tenido que contentar y me levanté el pelo para que refrescase mi cuello, perlado por el sudor. ¿Tendrían los Seltenright aire acondicionado? Sí, seguro que sí. No podía imaginarme a la perfecta Adele con una gota de sudor en la frente, ni al civilizado Harold quejarse del calor.
-¡Ariel!¡Ariel!-gritó una voz familiar mientras golpeaba la puerta, interrumpiendo el curso de mi desbocada imaginación.
Corrí a abrir la puerta, pensando por la insistencia que era una urgencia.
-Pensaba que no ibas a abrir nunca-me dijo Susan cuando abrí la puerta autoinvitándose a entrar y repantingándose en el sofá de cara al ventilador.- Hemos quedado en el Beerland en una hora con Jim y Wade. Vamos, ¡arréglate!- me metió prisa al ver que me quedaba parada.
Yo subí corriendo a darme mi esperada ducha. Sin embargo fue mucho más breve de lo que hubiera deseado, porque no estaba segura de que al dejar a Susan sola por mi casa no fuese a saquear mi nevera y huir con el ventilador. Me puse un vestido blanco de algodón ajustado en la cintura y dejé mi cabello suelto para que se secase con naturalidad.
Cuando bajé Susan me observaba con una mirada extraña, como si me hubiese descubierto haciendo algo digno de sanción y estuviese muy orgullosa.
-¿Qué?¿Qué sucede?
-¿Es que no vas a contarme nunca como fue la cena con los Seltenright?¿Voy a tener que suplicarte para que me cuentes con todo detalle cómo iba William Seltenright? Estaría guapísimo, seguro.
Me tiré en el sofá a su lado, complacida por su pregunta. Estaba deseando contárselo todo.
-Fui vestida con el vestido que llevé el año pasado al baile de fin de curso, ese con pedrería. Imagínate, yo con el vestido más elegante que tengo y ellos con sus vestimentas de diario que lo superaban de lejos... Sí, William estaba guapísimo con su traje, pero eso no es en absoluto una novedad, ¿verdad? Estuvimos hablando toda la cena. Se interesaban por mi vida, incluso me contaron una anécdota de la suya: cómo Adele y Harold se conocieron. Fue muy romántico, ¿sabes? Como una película antigua. Al escucharles me pregunté si yo alguna vez viviré una historia como la suya.
-Bueno, según he oído tienes la ocasión de vivir una historia como la suya con Wade...-me dijo Susan dándome un suave codazo.
Me quedé pensando un momento, pensando en esa alternativa. ¿Salir con Wade Melbin?
-No, no sería así. No es la clase de historia que busco.