El perro se movía alrededor de William mientras nos dirigíamos hacia la casa. Él parecía cómodo, llevaba una sonrisa serena en la cara y las manos en los bolsillos. Vestía una camisa blanca y unos pantalones marrones que parecían bastante caros. Los chicos de aquella zona no solían vestir tan elegantes y seguramente ni siquiera se sentirían cómodos en una ropa como aquella. Yo me sentí tonta con mi sencillo vestido blanco de algodón. Me solté el pelo corriendo al darme cuenta de que todavía llevaba el moño medio desecho. Aún así, no me sentía ni cerca de la indiferente perfección de William.
-¿Dónde vives, Ariel?-me preguntó, cogiendo una manzana de mi cesta. La limpió un poco con la manga de su camisa, que sin embargo siguió igual de blanca, y la giró entre sus dedos.
-En el pueblo, cerca de la escuela.
-Cuando voy al pueblo no suelo ir por esa zona-dijo con ironía. Le dio un mordisco a la manzana con gusto y me miró directamente a los ojos con descaro.-Las manzanas son deliciosas, aunque no tan buenas como las del árbol que hay detrás de casa. Luego te compensaré con una.
Seguimos andando un rato en silencio hasta que su curiosidad volvió a romperlo:
-Y dime, Ariel, ¿alguna vez has salido del pueblo?
-No, nunca. ¿Por qué iba a hacerlo? Aquí tengo todo lo que necesito: mi padre, la escuela, algunas tiendas que venden ropa y comida, restaurantes...
-¿Y ya está? ¿Te contentas con lo necesario para subsistir? ¿Y qué hay de las aventuras?-le brillaban los ojos de la emoción cuando me miró.
-¿Las aventuras?¿Qué eres, un goonie?-dije a punto de echarme a reír.
-En este pueblo es imposible divertirse...
-¿Tú crees? Por lo que he oído tú sueles pasarlo en grande.
Su mirada se volvió divertida mientras le daba otro mordisco a la manzana y miraba a lo lejos, como si estuviese recordando algo.
-A eso es a lo que me refiero. La gente sureña es murmuradora de por sí y en un lugar tan pequeño...-negó con la cabeza gravemente.- Eso no es diversión. Sin embargo, sería incapaz de abandonar este sitio, incluso aunque eso supusiese morir de aburrimiento.
Ahora comprendía aquella mirada ligeramente curiosa y por qué nada despertaba realmente su interés.
-Hay millones de cosas divertidas que hacer en este pueblo-exclamé. Sin embargo, mi entusiasmo me traicionó cuando intenté pensar en alguna cosa que a él le pudiese parecer mínimamente interesante.
Él alzó una ceja y yo bajé la cabeza admitiendo que solo lo había dicho por decir.
Llegamos a los límites del jardín, justo donde empezaban las grandes estatuas griegas. Yo tuve que pararme un minuto a recuperar el aliento que aquella visión me había robado. Era incluso más hermoso de lo que creía. El sol incidía en las estatuas y en los verdes arbustos, haciendo que aquello pareciese la entrada al Edén en vez de a una simple mansión. Al fondo, el sol convertía el agua de la fuente en enormes cascadas de luz que se precipitaban al vacío con un melódico chapoteo.
William me adelantó y tuve que ponerme en marcha detrás de él. Boby parecía incluso más tranquilo ante esta visión y ahora se mantenía relajado y pegado a su amo.
Llegamos al final del jardín y nos quedamos parados frente a la casa. Se alzaba imponente y blanca sobre nosotros, llena de ventanas que brillaban con la luz natural. La fuente estaba en el centro, abrazada por dos escalinatas de escalones blancos que llevaban hasta la puerta. Boby salió corriendo y se escondió detrás de la casa, supuse que allí se encontraría su caseta o que habría olido a alguno de los otros dueños de la casa e iría a asaltarle como había hecho conmigo.
-¿Te atreves?-me preguntó William con una mirada retadora. Yo asentí suavemente, muda por el momento que estaba viviendo.
Por fin. Por fin había conseguido pasearme entre las estatuas, llegar incluso hasta la puerta y lo más interesante: hablar con uno de los Seltenright, ¡y con William nada menos!
-No es mucha la gente que viene por aquí-me dijo. No hacía falta que lo jurase, desde luego.- Debemos de imponer cierto respeto.-Parecía divertido con esa idea.
Subimos por las escaleras y yo me entretuve con las vistas de todo el jardín. Me sentía como una princesa que vuelve a su palacio y admira su reino desde él. El corazón me latía a mil por hora. Había soñado muchas veces con como sería entrar en la mansión y hablar con los Seltenright, pero nunca pensé que iba a desembocar por una situación como aquella.
viernes, 27 de julio de 2012
Capítulo 2.
Fue unos días después de que acabase el curso. Me había tumbado en el campo a descansar como siempre y observar la magnífica mansión. El calor hacía que la ropa se me pegase al cuello, así que me peiné el pelo con un moño descuidado. Hacía un poco de aire que sofocaba tanto calor y removía la hierba a mi alrededor. Yo solo contemplaba las nubes alrededor de la casa de los Seltenright y observaba como los jardineros hacían su trabajo, dejando que el sol se deslizase por el cielo a medida que las horas pasaban. No había demasiado ruido, tan solo algunos pajarillos que cantaban alegremente y el suave sonido de las tijeras que usaban los jardineros para podar los arbustos.
Por eso me asusté cuando oí los ladridos de un perro que se acercaba. Me puse en pie rápidamente y recogí la cesta que llevaba con unas cuantas manzanas que había comprado esa mañana en el mercado, lista para irme de allí. Pero cuando empecé a correr tuve tan mala suerte de inclinar la cesta demasiado y dejar caer todas las manzanas que ahí se encontraban. Contuve un grito de horror al recoger todas las manzanas, levantar la cabeza y ver que el perro se acercaba a toda velocidad hacia mí, con otra persona persiguiéndole. Recogí las manzanas todo lo rápido que pude, pero el perro corría a toda velocidad y en cuanto quise darme cuenta se había lanzado hacia mí, haciendo que me precipitase hacia el suelo.
Podía ver su precioso pelaje marrón y negro rodeando unos ojos brillantes y unos dientes feroces que me enseñaba con furia. Quería gritar, pero estaba muy asustada. Notaba el aire que soltaba el perro remover el pelo que tenía en la cara y su tripa contrayéndose y relajándose con su respiración. Cerré los ojos esperando que me mordiese, pero solo se limitó a olisquearme.
Lo siguiente que pude oír fue una risa de hombre a mi derecha. Confundida, abrí los ojos y relajé la expresión para ver quién era aquel imbécil que disfrutaba tanto viendo como un perro asesino iba a devorarme. Menuda fue mi sorpresa al darme cuenta de que aquel imbécil era nada más y nada menos que William Seltenright, que lejos de tener su habitual aire pasivo estaba ahí de pie observándome con las manos en la cintura y una enorme sonrisa en el rostro.
Yo, ante esta reacción por su parte, olvidé todo interés o atracción que aquel chico pudiera haberme inspirado, sustituyéndola por una enorme ola de rabia que subió de mi estómago a mi garganta, empujándome a chillar:
-¿Vas a quedarte ahí o vas a quitarme a esta enorme bola de pelo de encima antes de que me mate?
Lejos de que se pusiese serio y me ayudase corriendo como esperaba, mi pregunta le hizo reír aún más fuerte. Tuve que esperar lo que me pareció una eternidad antes de que recuperase la compostura y decidiese llamar al perro a su lado con el pueril nombre de "Boby".
-¿"Boby"?-pregunté.- ¿Como semejante asesino puede llamarse "Boby"? Suena tan inocente...
-¿Asesino?-repitió William. Parecía que iba a darle otro ataque de risa. Tenía una risa encantadora que me hubiese parecido adorable de no ser por que estaba destinada a burlarse de mí.-Boby es un perro muy tierno, ni siquiera muerde.
Como si quisiese demostrar las palabras de su dueño, Boby se acercó a mí moviendo alegremente la cola. Yo me alejé corriendo, poniéndome a la espalda de William, que tembló al entrarle a este otro ataque de risa cuando el perro me siguió, juguetón.
-Aléjale de mí, aléjale-le pedí empezando a ponerme histérica. Él le llamó a su lado, no sin antes dejar que el perro me torturase un rato.
-Por cierto, soy William-me dijo tendiéndome una mano, mientras que sujetaba al perro con la otra.
Me dí cuenta de que no había dicho su apellido, como si no quisiese jactarse de su apellido o no necesitase decirlo, sabiendo que yo lo conocía de sobra.
-Ariel Duston- le estreché la mano.
Con un suspiro y sin perder de vista al perro que ahora estaba sentado y relajado junto a la pierna de su amo, me puse a recoger las manzanas y meterlas en la cesta.
-¿Se os suele escapar el perro muy a menudo?-le pregunté a William. Era un dato bastante importante si planeaba volver a aquel prado. No me apetecía volver a protagonizar otra escena similar.
-No se ha escapado, solo lo he sacado a pasear un rato. ¿Sueles venir por aquí muy a menudo?-contraatacó con otra pregunta.
-Pasaba de camino-mentí.
-¿De camino hacia dónde?
-Hacia mi casa.-Sabía que me había pillado, ese lugar estaba apartado de todo, era imposible que hubiese llegado hasta allí dirigiéndome hacia casa o hacia cualquier otro sitio.
-Has debido dar un rodeo muy largo.
-Me gusta este prado, merecía la pena caminar más rato.
Pareció satisfecho con mi respuesta y me sonrió.
-Vamos, te enseñaré la casa-dijo comenzando a andar.
Enrojecí violentamente al darme cuenta de que él sabía perfectamente que había ido allí solo para admirar su casa. Confié en que no se hubiese percatado de mi presencia en aquel prado ningún otro día o acabaría imponiéndome una orden de alejamiento.
Por eso me asusté cuando oí los ladridos de un perro que se acercaba. Me puse en pie rápidamente y recogí la cesta que llevaba con unas cuantas manzanas que había comprado esa mañana en el mercado, lista para irme de allí. Pero cuando empecé a correr tuve tan mala suerte de inclinar la cesta demasiado y dejar caer todas las manzanas que ahí se encontraban. Contuve un grito de horror al recoger todas las manzanas, levantar la cabeza y ver que el perro se acercaba a toda velocidad hacia mí, con otra persona persiguiéndole. Recogí las manzanas todo lo rápido que pude, pero el perro corría a toda velocidad y en cuanto quise darme cuenta se había lanzado hacia mí, haciendo que me precipitase hacia el suelo.
Podía ver su precioso pelaje marrón y negro rodeando unos ojos brillantes y unos dientes feroces que me enseñaba con furia. Quería gritar, pero estaba muy asustada. Notaba el aire que soltaba el perro remover el pelo que tenía en la cara y su tripa contrayéndose y relajándose con su respiración. Cerré los ojos esperando que me mordiese, pero solo se limitó a olisquearme.
Lo siguiente que pude oír fue una risa de hombre a mi derecha. Confundida, abrí los ojos y relajé la expresión para ver quién era aquel imbécil que disfrutaba tanto viendo como un perro asesino iba a devorarme. Menuda fue mi sorpresa al darme cuenta de que aquel imbécil era nada más y nada menos que William Seltenright, que lejos de tener su habitual aire pasivo estaba ahí de pie observándome con las manos en la cintura y una enorme sonrisa en el rostro.
Yo, ante esta reacción por su parte, olvidé todo interés o atracción que aquel chico pudiera haberme inspirado, sustituyéndola por una enorme ola de rabia que subió de mi estómago a mi garganta, empujándome a chillar:
-¿Vas a quedarte ahí o vas a quitarme a esta enorme bola de pelo de encima antes de que me mate?
Lejos de que se pusiese serio y me ayudase corriendo como esperaba, mi pregunta le hizo reír aún más fuerte. Tuve que esperar lo que me pareció una eternidad antes de que recuperase la compostura y decidiese llamar al perro a su lado con el pueril nombre de "Boby".
-¿"Boby"?-pregunté.- ¿Como semejante asesino puede llamarse "Boby"? Suena tan inocente...
-¿Asesino?-repitió William. Parecía que iba a darle otro ataque de risa. Tenía una risa encantadora que me hubiese parecido adorable de no ser por que estaba destinada a burlarse de mí.-Boby es un perro muy tierno, ni siquiera muerde.
Como si quisiese demostrar las palabras de su dueño, Boby se acercó a mí moviendo alegremente la cola. Yo me alejé corriendo, poniéndome a la espalda de William, que tembló al entrarle a este otro ataque de risa cuando el perro me siguió, juguetón.
-Aléjale de mí, aléjale-le pedí empezando a ponerme histérica. Él le llamó a su lado, no sin antes dejar que el perro me torturase un rato.
-Por cierto, soy William-me dijo tendiéndome una mano, mientras que sujetaba al perro con la otra.
Me dí cuenta de que no había dicho su apellido, como si no quisiese jactarse de su apellido o no necesitase decirlo, sabiendo que yo lo conocía de sobra.
-Ariel Duston- le estreché la mano.
Con un suspiro y sin perder de vista al perro que ahora estaba sentado y relajado junto a la pierna de su amo, me puse a recoger las manzanas y meterlas en la cesta.
-¿Se os suele escapar el perro muy a menudo?-le pregunté a William. Era un dato bastante importante si planeaba volver a aquel prado. No me apetecía volver a protagonizar otra escena similar.
-No se ha escapado, solo lo he sacado a pasear un rato. ¿Sueles venir por aquí muy a menudo?-contraatacó con otra pregunta.
-Pasaba de camino-mentí.
-¿De camino hacia dónde?
-Hacia mi casa.-Sabía que me había pillado, ese lugar estaba apartado de todo, era imposible que hubiese llegado hasta allí dirigiéndome hacia casa o hacia cualquier otro sitio.
-Has debido dar un rodeo muy largo.
-Me gusta este prado, merecía la pena caminar más rato.
Pareció satisfecho con mi respuesta y me sonrió.
-Vamos, te enseñaré la casa-dijo comenzando a andar.
Enrojecí violentamente al darme cuenta de que él sabía perfectamente que había ido allí solo para admirar su casa. Confié en que no se hubiese percatado de mi presencia en aquel prado ningún otro día o acabaría imponiéndome una orden de alejamiento.
Capítulo 1.
La Grange era un sitio bastante tranquilo. Tan tranquilo que resultaba agotadoramente aburrido. La resignación era una cualidad común en todos los habitantes: una vez nacías allí, estabas jodido. No era mucha la gente que abandonaba el pueblo en busca de algo mejor, y normalmente si eso sucedía nadie regresaba. Y no es porque fuera de aquel sitio todo les fuese mejor, por lo que yo supe todo aquel que se atrevió a irse acabó en la ruina. Pero parecía ser que hasta la ruina era mejor que condenarse allí.
No recuerdo grandes aventuras de estos últimos 17 años, la verdad. Me pasaba los días del invierno en el colegio la mitad del día y en cualquier calle por la tarde. Lo único interesante era el verano. Me podía tirar horas y horas en el campo tumbada al sol. Siempre me situaba en un verde terraplén, desde donde veía la enorme mansión de la familia más rica de la ciudad: los Seltenright.
Era una enorme casa toda blanca con un paseo de estatuas griegas que llevaban hasta la entrada. En el centro del jardín había una enorme fuente que según decían habían transportado desde París en una réplica perfecta de una fuente que había en Versailles. Los jardines estaban cuidados con esmero por diez jardineros que se aseguraban de que fuese la zona más bonita de todo el pueblo y probablemente de todo el estado.
A pesar de las tardes que pasaba admirando desde fuera esa casa, nunca me llegué a encontrar en 17 años con ninguno de los habitantes de ella. Hasta ese día, por supuesto. Aquel día que hizo que mi vida diese un giro radical.
Corrían muchas leyendas por el pueblo acerca de ellos. Algunos decían que eran vampiros, otros que habían cometido incontables crímenes hasta llegar a nuestro pueblo. Todas aquellas eran inventadas, por supuesto. Al chico mayor, de 18 años se le había visto varias veces por el pueblo, aunque normalmente era en clubes nocturnos de mala reputación. A la otra chica, que contaba con un año menos que yo, solo se la podía ver los Domingos en misa, en el banco correspondiente al de su familia. A mí me gustaba ver como se sentaban todos en fila, vestidos con su ropa de gala, bien estirados y brillando con esa perfección que desentonaba tanto en un pueblo como aquel. A veces soñaba que yo estaba también ahí, sentada a su lado, con algún vestido caro y bonito como los suyos. Otras veces soñaba con que me acercaba a ellos y me sonreían y me invitaban a su preciosa casa. Pero eso era imposible. Después de cada misa salían deprisa, se metían en su (como no, precioso) coche y se iban rápido a su mansión. Era muy raro que se les viese intercambiado siquiera unas palabras con alguien que no fuese de su familia, como si se fuesen a contagiar de nuestros defectos si permaneciesen un poco más de tiempo entre nosotros.
Mi padre no entendía que quisiese ser como ellos. "Pueden ser elegantes y ricos, pero son fríos y antipáticos", me decía. Yo le preguntaba que como lo sabía si nunca había hablado con ellos. "Eso se ve desde lejos" me contestaba; "además, solo hay que ver lo raros que son" añadía al ver mi poco convencimiento.
Siempre pensaba que podría acercarme a la menor de los Seltenright en el instituto, pero acabe dándome cuenta de que nunca aparecía por ahí. Empecé a informarme y acabé descubriendo que ni para la enseñanza se atrevían a mezclarse con nosotros. Al parecer daban clases particulares con una institutriz que venía de Atlanta. Aquello hacía incluso más inaccesible y aislada a la familia de los Seltenright y me hacía desear incluso más acercarme a ella.
Cada uno de ellos era una figura interesante que me incitaba a curiosear. ¿Cómo serían?¿Cuáles serían sus preocupaciones?¿Por qué eran tan distantes?
La hermana más joven, Rose Seltenright, parecía amable, como un querubín, con esas grandes mejillas sonrosadas y esos tirabuzones rubios sujetos siempre con un lazo a ambos lados de la cabeza. Sin embargo, eran esos ojos azules que compartían todos en aquella familia lo que la hacía parecer fría y altiva.
Su madre, Adele Seltenright, era como una versión más delgada y estirada de ella. Su pelo rubio iba siempre peinado en un tirante moño que estiraba su cara y tiraba de sus pómulos hacia arriba. Parecía una esbelta águila que observaba a todos desde mucha altura. Sus ojos siempre se movían de un lado a otro y fruncía siempre los labios con desdén ante todo.
Su marido, Harold Seltenright, a diferencia de ella, no se molestaba en observar otra cosa que su reloj. Era bastante atractivo para su edad; los dos lo eran. Tenía el pelo negro peinado siempre hacia atrás y un traje impecable. Él también tenía los ojos azules, pero estaba siempre ausente, pensando en otras cosas e impaciente, como si su tiempo fuese oro de verdad.
Pero sin duda alguna, el personaje más interesante de la familia, era el hijo mayor, William Seltenright. Con su pelo rubio y sus andares elegantes... era el único que no mantenía la compostura en la iglesia aunque así lo pareciese. A veces podía ver como cerraba los ojos o resoplaba suavemente. Eran sus ojos los más curiosos de toda la familia, miraba alrededor con genuina curiosidad, como si todo a su alrededor sucediese para su propio placer. Y yo moría por que me mirase con esos ojos y despertase su sincera curiosidad. Pero, ¿qué podía despertar su interés? Tenía mala reputación, siempre que se le veía estaba borracho y en bares sucios, muy lejos de esa perfección que suponía su mundo. Era el único que parecía más humano y más irreal que ninguno de ellos.
Por eso no podía creerlo cuando de repente aquel día me vi envuelta por toda aquella perfección y empecé a formar parte de su mundo.
No recuerdo grandes aventuras de estos últimos 17 años, la verdad. Me pasaba los días del invierno en el colegio la mitad del día y en cualquier calle por la tarde. Lo único interesante era el verano. Me podía tirar horas y horas en el campo tumbada al sol. Siempre me situaba en un verde terraplén, desde donde veía la enorme mansión de la familia más rica de la ciudad: los Seltenright.
Era una enorme casa toda blanca con un paseo de estatuas griegas que llevaban hasta la entrada. En el centro del jardín había una enorme fuente que según decían habían transportado desde París en una réplica perfecta de una fuente que había en Versailles. Los jardines estaban cuidados con esmero por diez jardineros que se aseguraban de que fuese la zona más bonita de todo el pueblo y probablemente de todo el estado.
A pesar de las tardes que pasaba admirando desde fuera esa casa, nunca me llegué a encontrar en 17 años con ninguno de los habitantes de ella. Hasta ese día, por supuesto. Aquel día que hizo que mi vida diese un giro radical.
Corrían muchas leyendas por el pueblo acerca de ellos. Algunos decían que eran vampiros, otros que habían cometido incontables crímenes hasta llegar a nuestro pueblo. Todas aquellas eran inventadas, por supuesto. Al chico mayor, de 18 años se le había visto varias veces por el pueblo, aunque normalmente era en clubes nocturnos de mala reputación. A la otra chica, que contaba con un año menos que yo, solo se la podía ver los Domingos en misa, en el banco correspondiente al de su familia. A mí me gustaba ver como se sentaban todos en fila, vestidos con su ropa de gala, bien estirados y brillando con esa perfección que desentonaba tanto en un pueblo como aquel. A veces soñaba que yo estaba también ahí, sentada a su lado, con algún vestido caro y bonito como los suyos. Otras veces soñaba con que me acercaba a ellos y me sonreían y me invitaban a su preciosa casa. Pero eso era imposible. Después de cada misa salían deprisa, se metían en su (como no, precioso) coche y se iban rápido a su mansión. Era muy raro que se les viese intercambiado siquiera unas palabras con alguien que no fuese de su familia, como si se fuesen a contagiar de nuestros defectos si permaneciesen un poco más de tiempo entre nosotros.
Mi padre no entendía que quisiese ser como ellos. "Pueden ser elegantes y ricos, pero son fríos y antipáticos", me decía. Yo le preguntaba que como lo sabía si nunca había hablado con ellos. "Eso se ve desde lejos" me contestaba; "además, solo hay que ver lo raros que son" añadía al ver mi poco convencimiento.
Siempre pensaba que podría acercarme a la menor de los Seltenright en el instituto, pero acabe dándome cuenta de que nunca aparecía por ahí. Empecé a informarme y acabé descubriendo que ni para la enseñanza se atrevían a mezclarse con nosotros. Al parecer daban clases particulares con una institutriz que venía de Atlanta. Aquello hacía incluso más inaccesible y aislada a la familia de los Seltenright y me hacía desear incluso más acercarme a ella.
Cada uno de ellos era una figura interesante que me incitaba a curiosear. ¿Cómo serían?¿Cuáles serían sus preocupaciones?¿Por qué eran tan distantes?
La hermana más joven, Rose Seltenright, parecía amable, como un querubín, con esas grandes mejillas sonrosadas y esos tirabuzones rubios sujetos siempre con un lazo a ambos lados de la cabeza. Sin embargo, eran esos ojos azules que compartían todos en aquella familia lo que la hacía parecer fría y altiva.
Su madre, Adele Seltenright, era como una versión más delgada y estirada de ella. Su pelo rubio iba siempre peinado en un tirante moño que estiraba su cara y tiraba de sus pómulos hacia arriba. Parecía una esbelta águila que observaba a todos desde mucha altura. Sus ojos siempre se movían de un lado a otro y fruncía siempre los labios con desdén ante todo.
Su marido, Harold Seltenright, a diferencia de ella, no se molestaba en observar otra cosa que su reloj. Era bastante atractivo para su edad; los dos lo eran. Tenía el pelo negro peinado siempre hacia atrás y un traje impecable. Él también tenía los ojos azules, pero estaba siempre ausente, pensando en otras cosas e impaciente, como si su tiempo fuese oro de verdad.
Pero sin duda alguna, el personaje más interesante de la familia, era el hijo mayor, William Seltenright. Con su pelo rubio y sus andares elegantes... era el único que no mantenía la compostura en la iglesia aunque así lo pareciese. A veces podía ver como cerraba los ojos o resoplaba suavemente. Eran sus ojos los más curiosos de toda la familia, miraba alrededor con genuina curiosidad, como si todo a su alrededor sucediese para su propio placer. Y yo moría por que me mirase con esos ojos y despertase su sincera curiosidad. Pero, ¿qué podía despertar su interés? Tenía mala reputación, siempre que se le veía estaba borracho y en bares sucios, muy lejos de esa perfección que suponía su mundo. Era el único que parecía más humano y más irreal que ninguno de ellos.
Por eso no podía creerlo cuando de repente aquel día me vi envuelta por toda aquella perfección y empecé a formar parte de su mundo.
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